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Análisis
Aceptar equivocarse
Antonio Sánchez González 01-09-2016 21:46 hrs

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En Por qué los médicos cometemos errores, el texto de Atul Gawande, el afamado cirujano estadounidense describe emocionado cómo su hijo primogénito fue trasladado al hospital con un defecto de su corazón 11 días después de haber nacido, y cómo casi murió como resultado de un error grave del personal médico. Al bebé se le instaló un sensor en su dedo para comprobar el nivel de oxígeno en su sangre que mostró 98% de saturación -una lectura normal y saludable-, sin darse cuenta de que el niño tenía un problema con su aorta -la arteria principal- que se suministraba sangre solamente a un lado de su cuerpo.
Un pediatra ordenó al personal cambiar el monitor a un dedo de la otra mano y entonces se encontraron con niveles de oxígeno tan bajos que era indetectable y al niño cayendo en insuficiencia renal. Se le administró una inyección de emergencia para abrir la circulación y pasó varios días en cuidados intensivos antes de que ponerse suficientemente bien como para operarse y corregir el defecto.
Esa acción rápida lo salvó en 1995. Este verano dejó la escuela preparatoria y comenzó la universidad. Sin embargo, su padre -médico- no puede olvidar que, si se hubiera tratado con lentitud, sus órganos se habrían dañado permanente y habría enfrentado un futuro corto y muy diferente, y la única forma de evitar escenas parecidas a otros es hablar de que esos errores simples pueden llevar a catástrofes de las que otros médicos debemos aprender.
Sabemos que miles de pacientes mueren o sufren lesiones graves o infecciones cada año como resultado de errores médicos en todo el mundo. En los Estados Unidos, uno de cada tres dólares que se gastan en asistencia sanitaria se deriva de los costos de los errores. Sin embargo, los esfuerzos por la transparencia con frecuencia se han visto obstaculizados por temor a que la información se distorsione y derive en conclusiones erróneas. No sabemos qué hospitales tienen mejores tasas de complicaciones a causa de los temores acerca del uso indebido de esos datos. Pero hay vidas en juego.
Una de las barreras que enfrentamos los médicos es la opinión popular de que salvar vidas exige heroísmo. Esta es una noción administrada noche tras noche en relatos ficticios que pretenden contar lo que hacemos. La idea propagada por series como Dr House, que presentan la práctica médica como el épico ejercicio de un detective mercurial, es que el desastre debido a la pérdida de la salud es evitado por los actos de improvisada brillantez realizados por personajes radicales que tienen poca consideración por la práctica médica convencional y cotidiana.
En un escenario real, se salvan más vidas cuando los médicos adoptamos un enfoque sistemático paso a paso basado en la evidencia de lo que funciona. Es menos atractivo, menos glamoroso, e implica un esfuerzo duro, implacable, metódico. Esta es la única manera segura hacia una atención más segura.
Para los médicos, hablar de nuestra falibilidad es incómodo, enoja al público y el después provoca que se obstaculicen los esfuerzos para dar transparencia y asumir la presencia de las fallas dadas en la profesión médica. Pero, como dice Gawande, “es la historia de nuestro tiempo y la clave para el futuro de la medicina”.