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Correr el riesgo de la fe
Sigifredo Noriega Barceló
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10 de Enero del 2018 05:00 hrs
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La Navidad no termina. Se nota cuando las luces de ornato se han apagado y el bautizado anda bien prendido de bondad, alegría, amabilidad, trabajos por la paz… y muchos detalles luminosos en la vida de cada día. En Navidad Dios vino a quedarse y puso su domicilio conocido entre nosotros para que no calle el canto de gloria a Dios y paz a los hombres. 

Epifanía significa la ‘manifestación’ del Señor a todos los pueblos. Es la fiesta de la luz ofrecida a quienes buscan y no han encontrado. Me atrevería a decir que también es la fiesta de los que no creen en nada porque no han encontrado la estrella, o no se han dejado encontrar por ella… pero siguen en las veredas de la vida y observan con estupor sus señales. 

La gran fiesta de este domingo pasado hace despertar en nosotros una serie de emociones, sentimientos, afectos, encuentros junto con nostalgias, fantasías, preguntas, desconciertos... No sólo es la fiesta de los niños -tan dados a disfrutar el Misterio de la Navidad con la de los sencillos-  sino también de los adultos -tan dados a complicar lo sencillo-.  

Aplica también al nuevo continente de los nativos y migrantes digitales que, no por ser habitantes del siglo veintiuno, dejan de buscar a través de conocimientos cósmicos y redes sociales.

Escuchamos con imaginación creadora la estupenda narración del Evangelio según san Mateo: magos, oriente, estrella, regalos, Herodes, profecías, nativos y extranjeros...  Luz y oscuridad, gozo y miedos, adoración y resistencias, encuentros y malas intenciones, búsquedas y extravíos… El ser humano en sus luces y sombras… Todo apunta a que el Niño recién nacido es la respuesta… Está con María, su madre. Él es El Salvador.  

Hemos iniciado el año civil 2018 después del nacimiento de Cristo. Regresamos a la vida ordinaria y a lo ordinario de la vida. A la casa, el trabajo, la escuela; a la vida con sus misterios gozosos, dolorosos, gloriosos y luminosos.

El sol vuelve a marcar los días con sus noches. Los magos de Oriente tuvieron que recorrer un largo camino hasta encontrar al Salvador.  Valió la pena pues sus cofres se llenaron de algo más valioso que lo que llevaban: la fe en Jesús, la adoración y la seguridad de haber encontrado el verdadero camino de la vida.  

¿Y nosotros? Podemos reavivar la experiencia de los magos y volver a lo ordinario de la vida por el camino de una fe más sólida, una esperanza cierta a prueba de tiempo de elecciones y un amor que irradie, comparta y reparta amor en cada oscuridad. ¿No pudiéramos ser los magos y sabios que necesita nuestra familia y el México de nuestros sueños? Corramos los riesgos de la fe. Vale la pena.  

Con bendición solemne los abrazo.

* Sigifredo Noriega Barceló Obispo de/en Zacatecas