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Sin perder piso
Huberto Meléndez Martínez
~
09 de Enero del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Dedicado a Manuel Martínez Rodríguez (+), su enseñanzas y consejos.

Pocas veces había entrado al pueblo y a pesar de estar llegando a los cuarenta años, aún sentía pena al ser observado por una cantidad inusual de personas.

      En su pequeña comunidad conocía bien a sus vecinos, pues ahí había nacido y su convivencia era permanente.

Las escasas opciones de trabajo lo impulsaron a moverse en busca de oportunidades.

Circunstancialmente había entablado relación con el Presidente Municipal, el cual lo invitó a formar parte del equipo de Seguridad Pública. El sueldo era minúsculo, pero representaba una salvación para su familia. Quiso negarse, pero entre el titubeo por contestar y sus reflexiones repentinas, pasaron algunos instantes con los cuales el Alcalde dio por aceptado el ofrecimiento.

Su indecisión se fincaba en varias razones: la primera de ellas era porque representó una sorpresa recibir el apoyo de la autoridad; la segunda (que le asustó más) era la falta de escolaridad, pues apenas había logrado cursar el tercer grado de primaria debido a la baja matrícula, al ausentismo de los docentes por el difícil acceso a su población, aunado a la necesidad de ayudar a sus padres en la manutención de sus hermanos pequeños, lo obligaron a desertar; la tercera era una impresión inaudita, porque sus habilidades en las labores del campo no estaban relacionadas con las funciones de su nuevo empleo. Quedó temporalmente con la duda de si había actuado bien, al aceptar el puesto. El requisito principal estaba cubierto, saber leer y escribir. Carecía de pericia, pero confió en adquirir la destreza elemental a través del tiempo.

Acudió con el Comandante a enterarse de las funciones, recibir los materiales y  horarios: quedaba obligado a cubrir cuarenta horas a la semana haciendo rondines por la ciudad, para resguardar el orden, cualquier incidencia la reportaría por escrito en la bitácora correspondiente. 

Debería turnar ante las autoridades competentes a los infractores de la ley, para lo cual recibió un arma de fuego en su respectiva funda y la encomienda de utilizarla sólo en casos extremos.

Había percutido armas varias veces al salir de cacería con sus familiares. Esta vez tuvo una sensación distinta al sentir el peso, la frialdad del metal entre sus manos y la carga adicional en su cuerpo al portarla en el cinturón.

De manera automática se sintió diferente a su anterior condición. Consideró que disponía de facultades por sobre los habitantes de esa demarcación. Se sintió colocado en una posición de privilegio. Ahora era parte importante del Gobierno. Incluso cambió su andar, de inseguro y tímido, a soberbio y recto. ¿La transformación se debía al hecho de pertenecer al cuerpo policiaco?, ¿tuvo implicaciones trascendentales la disposición de la pistola? o ¿se debía a las dos situaciones?.

Tenía razón un escritor al afirmar que… cualquier forma de poder, puede envenenar a las personas. Para conocer bien a alguien, es suficiente con proporcionar un poco de poder o un poco de dinero.

*Director de Educación Básica Federalizada de Zacatecas
huberto311@hotmail.com