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Despedirse en buena hora
Antonio Sánchez González 20-04-2017 21:43 hrs

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Liga Corta




El día en que lo diagnosticamos, alguien me dijo: “Si me ves en una cama de hospital, llena de tubos, focos y máquinas, y sin nada bueno para nadie, diles que me apaguen”. De hecho, tomó algo en menos de 15 días para morirse como en una especie de daño colateral en la trifulca entre su cáncer, la quimioterapia y las medicinas del dolor. En ese corto tiempo él dejó de serlo y comenzó a convertirse en un cadáver: uno que se movía ligeramente de vez en cuando.


Sé que algunas personas sienten que es mejor evitar las malas nuevas. Da igual si la noticia consiste en cáncer, infarto o alzheimer. La gente evita esos diagnósticos como si al evitar nombrarlos -por su nombre, claro está-, la evolución de la enfermedad se detuviera, cualquiera que sea el pronóstico o el tratamiento administrado. La gente evita hablar de lo que sabe inevitable. Sobre todo, cuando es claro que morir es rotundamente inevitable.

Pero, por alguna razón, últimamente me ha sucedido exactamente lo contrario. La gente quiere hablar conmigo de estos temas difíciles y de desenlaces previsibles -incluso en la calle. Recientemente alguien hubo que quiso hablarme de su madre, su marido, su abuela. Hablar de lo que prefiero llamar “muerte asistida”, pero que todavía se llama, erróneamente en mi opinión, “suicidio asistido”.

Conocí el suicidio como inexperto y nervioso médico joven. Era parte de mis tareas regulares trabajar en el servicio de urgencias de mi hospital mater, donde aprendí todas las múltiples maneras que el cerebro humano perturbado puede idear para morir. Los expedientes eran un poco más amables en aquellos días, y como médicos nuevos, mis colegas y yo tendíamos a no entrar en demasiados detalles, pero lo escuchábamos y lo teníamos presente. Y recuerdo que los psiquiatras y los médicos experimentados nunca usaron la palabra “locura” para referirse al suicida. Ellos preferían el juicio más compasivo de que el sujeto había “tomado su vida mientras el equilibrio de su mente estaba perturbado”.

Había ambivalencia en la frase, una sugerencia de los vientos del destino y de la abrumadora circunstancia.
Sin embargo, ahora he llegado a la conclusión de que una persona puede tomar la decisión de morir porque su mente es equilibrada, realista, pragmática, estoica y aguda. Y es por eso que no me gusta el término “suicidio asistido” aplicado al proceso cuidadosamente pensado y sopesado de terminar la vida a través de medios médicos suaves. Me ha tomado años.

Me parece una decisión bastante sensata y razonable para que alguien con una enfermedad grave, incurable y debilitante elija hacer una cita para una muerte médicamente asistida. En estos días, muertes no traumáticas -las muertes que no implican, por ejemplo, varios autos, un camión cisterna o una bala en las calles del México actual- tienen lugar principalmente en hospitales. Tengo en cuenta que no hace mucho, la gente moría en la propia cama. Los mexicanos de hace un siglo sabían cómo morir. Vieron mucha muerte. Y, no nos extrañemos, los médicos del fin del siglo 19 estaban armados con lo que hoy posiblemente llamaríamos “drogas recreativas”, que eran vistas como una bendición para todos. Despedirse en buena hora con la ayuda de un médico amable era bastante habitual.

¿Acaso los mexicanos porfirianos temían la muerte? La mayoría no; temen esas cosas - el cuchillo, el golpe, la enfermedad, la bala - que preceden, por micro segundos si tienes suerte y muchos años si no, el momento de la muerte.