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Al bajar el sol
Las pilitas
Ricardo González 19-04-2017 22:45 hrs

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Liga Corta




Al llegar la primavera a nuestro pueblo el calor azotaba con crueles rayos, la sombra y los lugares frescos eran pequeños oasis para salvar el día.
Hay una pequeña cañada por donde siempre corre agua, el arroyo proviene de algún manantial en lo alto de la sierra, para entrar a la cañada tienes que atravesar el umbral de lo que hace muchos años fue un pequeña represa, parece como el zaguán de una casa, pues al atravesarle un seria de ramas y árboles te dan la bienvenida.
El constante paso del agua a través de los años había hecho grandes hoyos en la roca del suelo, uno bastante profundo como para nadar, a esta serie de reservorios de agua les llamábamos las “pilitas”, ir a bañarse ahí era una escapada del calor.
Su cercanía con el pueblo permitía ir a darse un remojón para divertirse y refrescarse.
El agua era helada, pues como ya les dije bajaba de la sierra, el primer chapuzón debía ser rápido para sentir lo menos el frío, ya una vez dentro la temperatura del agua era lo último que nos preocupaba.
Las peñas en rededor nos permitían intentar un gran número de suertes en los clavados, aunque esas peripecias siempre nos provocaban uno que otro golpe o rasguño, nada que seguir nadando no compusiera.
Recuerdo cuando mi madre y mi tía Helena se organizaron para llevarnos a las pilitas de paseo, con comida incluida, todos debíamos cargar parte de las cosas: refrescos, vasos, cazuelas, platos y demás menesteres.
Después de nadar un buen rato nos llamaron a disfrutar del manjar, bolillo con frijoles y un refresco grande de jarrito de tamarindo, el cansancio y el hambre hicieron que ese platillo se quedara bien adentro de mis recuerdos, casi siento que esos bocados los tomé ayer.
Es curioso cómo uno se queda no sólo con imágenes, sino con olores y sabores, el chile, la manteca, los frijoles, lo tostado del bolillo, lo frío de aquella comida, se combinaron para crear en mi mente un fuerte recuerdo, de añoranza y sabor, esa comida estaba lejos de ser un placer, pero como ya les dije todo revuelto en mi cabeza sí lo fue.
Dejamos de ir no sé si porque crecimos o de repente comenzaron a llegar jóvenes de esos sin oficio ni beneficio, que iban a fumar marihuana, aunque ahora creo que los que destruimos ese lugar fuimos sus visitantes bañistas, que cada vez que asistíamos dejábamos más sucio de cómo encontrábamos.
Así somos los humanos de destructores, tal vez sea que no podemos soportar la belleza natural de las cosas, necesitamos que cuesten dinero para poder valorarlas.