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Historias de Lobos
Mi delito…ser un hombre violento
Ivonne Nava García
~
04 de Marzo del 2017 22:35 hrs
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Liga Corta




Perdió a su familia, su libertad, su dignidad. Solo así –en este caso en particular– el protagonista aceptaría que tiene un problema grave para controlar su ira y evitar golpear y humillar a su esposa, así como con el desapego a la relación y vinculación afectiva familiar.

Acepta su adicción a las bebidas embriagantes. Después de quedarse solo, logra en verdad arrepentirse de todo el daño que le causó a su familia y a sí mismo, al buscar ayuda profesional para su rehabilitación.

Sin embargo, el daño que les causó a su esposa e hijos, ya es irreparable, pues dejó huellas imborrables en sus pequeños.
 
Quien es él
Es un hombre, profesionista, con un futuro económico sólido, de 43 años, una estura de 1.72 metros, aproximadamente; complexión robusta, bien parecido, muy educado al hablar. Nadie se imaginaría que ese hombre apropiadamente vestido y de voz mesurada perdiera los estribos y el autocontrol transformándose, literalmente, en otra persona.

Padre de 3 hijos, 2 niños y 1 nena, en su matrimonio; un bebé en camino, con una relación extramatrimonial y una vida que comienza a disolverse entre el alcohol, las parrandas y, sobre todo, la intolerancia y violencia con la que trataba a su familia y a él mismo.
 
La historia en su voz
Me casé con una mujer muy guapa. Siempre la he amado. Con ella tuve 3 hijos. El mayor tiene 12 años; el que le sigue, 8, y la niña, 3.

Desde el inicio de nuestro matrimonio empezaron los problemas, porque mi esposa no toleraba que yo asistiera muy poco en la casa.

Estaba trabajando, el problema real comenzaba cuando terminaba mis labores y salía a tomar una cerveza con el pretexto del agotamiento por el trabajo. Esa cerveza se convertía en un six; luego, en algo más fuerte hasta que terminaba completamente borracho.
 
Furia irracional
Llegaba a casa furioso si alguna mujer en el bar no me hacía hecho caso ni me acompañaba a algún motel.

Para mí, el rechazo se debía a que yo estaba casado. Y solo bastaba que mi esposa me preguntara en dónde había estado para comenzar una discusión sin tregua.

Recuerdo que le decía que no me anduviera preguntando, que yo solo le debía respeto a mi madre.

Si ella permanecía acostada, con eso bastaba para sacarla de la cama a golpes.

Mi mujer me decía que ya no le pegara porque estaba embarazada. A mí no me importaba: yo solo quería sacar el coraje; la aventaba contra la cama, contra la pared, le decía que no valía nada, que estaba gorda y horrible.
 
Intolerante y violento
Su embarazo cambió muchas cosas en mí. No me gustaba verla gorda, no soportaba sus molestias y menos que vomitara, eso me daba repulsión.

Era más simple buscar a mujeres en los bares, o tratar de seducir a alguna compañera guapa del trabajo.

Esto fue al principio, cuando nació nuestro primer hijo. No voy a negar que sí me provocó mucha felicidad, pero entre el llanto de todas las noches, los reclamos de mi esposa y verla siempre desarreglada, los problemas no se hicieron esperar.

No sé cómo describir la furia que me provocaba: comenzaba a sentir algo incontrolable y no podía dejar de gritar, insultar y golpearla… a veces no puedo ni imaginarme el miedo que ella podía haber sentido.

La primera vez que le dejé el ojo amoratado, sentí un terrible sentimiento de culpa que nunca exterioricé; al contrario: le recalqué que ella se lo merecía porque no me comprendía.

Luego pasaban días, le mandaba unas flores y le pedía perdón. Ella me perdonaba, creía en mí. Durábamos un tiempo bien y otra vez comenzaba a gestarse ese coraje dentro de mí.
 
Sin paciencia
El niño, en su etapa de berrinches, me desquiciaba. Si ella no lo callaba rápido, contra ella me iba. No puedo recordar su mirada, solo recuerdo que yo la golpeaba y el niño me decía: “Ya no, papi. No le pegues”; yo le respondía: “¡Cállate o a ti también te pego!”.

El niño fue creciendo. Sí salíamos: lo llevaba a comprar un helado o, a veces, al parque.

Pero el único momento en que yo estaba tranquilo era cuando estaba en casa de mi madre. Ahí todo era distinto: yo me mostraba cariñoso, tolerante y nadie se imaginaba que podría tratar de mala manera a mi esposa.
 
Se volvió a embarazar
En una de esas que me entraba el arrepentimiento, después de que ella en su intento por cambiar las cosas, se iba con su madre; me quedaba solo en la casa.

Se me iba en estar tomando, de lo que fuera, eso no importaba; el detalle era embrutecerme para, según yo, agarrar valor para ir por ella.

La buscaba, le pedía perdón, le juraba que todo cambiaría, que jamás le volvería a pegar ni a dañar; la llevaba de compras, surtíamos la despensa en Aguascalientes, la llevaba a comer. Llegábamos y teníamos la mejor intimidad. Todo duraba un par de meses, después volvía a ser como antes.

En una de esas la volví a embarazar. Se repitió el ciclo del primer embarazo.

Describir lo que me hacía ir perdiendo el interés es muy difícil. Yo no sé… simplemente lo sentía. Me daba coraje ver su mirada de miedo, me irritaba que me hablara de lado. Ahora entiendo que era por el pánico que le causaba mi mirada.

A pesar de todo, ella me amaba; eso también me molestaba, porque estúpidamente yo no tenía pretexto para serle infiel.
 
Celoso y doble cara
Yo en cambio me portaba celoso, posesivo. Ella para mí solo debía estar en casa, atendiendo a los niños y esperándome a mí. No le daba dinero, le surtía la despensa y, si ocupaba algo, yo se lo daba después de pelear y humillarla porque ella para mí no valía nada y me esmeraba en hacérselo sentir.

En mi trabajo, con los amigos y con otras mujeres me portaba extraordinario, amable y bromista. Mi discurso era: “Ella (mi esposa) no me atiende, golpea a los niños y nunca se arregla. La voy a dejar” y esto funcionaba como un gancho perfecto para conquistar a otras mujeres y hacerme sentir muy hombre.

Violación
Para el tercer embarazo, fue lo más ruin que yo le hice: aprovechando que es mi esposa la obligué a estar conmigo, la violé, la golpeé, la forcé.

Ella resultó embarazada, eso lo supe mucho después; pero me dediqué a negar que fuera mío, porque de mi borrachera de ese día no recordaba lo que hice.

Se enfermó y ese embarazo, aunque llegó a término al octavo mes, las secuelas le dejaron una enfermedad en el corazón a mi esposa. Ella está bien.

Decidió denunciarme por la violación y la violencia que ejercía sobre ella. Yo estaba muy mal porque llegó un momento en que ya no le surtía despensa, gas ni nada en la casa.

Tenía que buscar refugio con sus familiares para alimentar a nuestros hijos. Aguantó toda clase de humillaciones, como el ver publicada mi fotografía con otra mujer disfrutando en un evento social.
 
Arrepentido
Hoy me arrepiento de todo, perdí a mi familia, mi libertad, la dignidad que yo mismo y por mi gusto perdí; sobre todo, el ver sonreír a mis hijos y tener una familia es algo que añoraré siempre.

He cambiado, pero no puedo borrar el dolor que le provoque a mi familia. Ellos ya no me quieren ver.
Ojalá esto sirva para que aquellos que, como yo, creen que tenemos el mundo a nuestros pies, dejándonos llevar por cuestiones banales, sepan que tarde o temprano nos veremos solos, sin dinero, acabados y viejos.

Y que esas personas que se decían ser nuestros amigos y esas mujeres que nos juraban amor eterno, ahora ya no están.

Aquellas otras personas que nos esperaban, aunque solo fuera para recibir golpes y maltratos, aunque también ya no están, fue porque un hombre ruin como yo las corrió de su vida con mucho sufrimiento.

El hombre violento
El hombre violento es resultado de problemas psicológicos que lo llevan inevitablemente a descargar la ira como una forma de aliviar su dolor interno.

Algunos hasta han categorizado a los hombres abusivos como faltos de control o infantiles; incluso, muchas teorías tienden a perdonar a los hombres haciendo referencia al alcoholismo o a una infancia desdichada. ¿De qué nos sirve decir que es emocionalmente inseguro o impulsivo? ¿En qué cambia la situación? Y si uno pensara con lógica, lo primero que se preguntaría sería: ¿cómo un hombre que se siente inseguro toma la decisión de pegarle a su mujer y de hacer algo ilegal, a pesar de sentirse inseguro?

Ahora bien, si asumimos que todo lo expuesto fuera verdad (que tienen ira incontrolable, que la infancia desdichada ocasiona los ataques de violencia, etc.) ¿por qué no deciden golpear a su jefe en vez de golpear a su mujer?