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Historias de Lobos
Mi delito... estar roto
Ivonne Nava García
~
25 de Febrero del 2017 18:18 hrs
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Liga Corta




En los casos de abuso sexual donde las víctimas son niños varones, cuando crecen no sólo es difícil para ellos aceptar haber sido sexualmente atacados, sino también es común que vivan en silencio.

Las reacciones de otras personas aumentan la sensación de ser victimizados.

Así como al sobreviviente le resulta difícil creer lo que le ha ocurrido, también otras personas responden con incredulidad.

Si un hombre revela que fue abusado sexualmente, a menudo se le castiga aún más cuando su "hombría" y orientación sexual son cuestionadas.

Esta historia habla de las terribles vivencias  en la niñez de  un hombre de veintisiete años.

Cuando era un niño de seis años fue víctima de agresiones de tipo sexual de manera reiterada. Su agresor, un hombre de 54 años, aprovechaba los momentos en los que el niño acudía a comprar a su tienda y, haciendo uso de toda clase de amenazas, lograba sus ruines propósitos. Años después, la víctima regresa a buscar justicia y a tratar de calmar un poco su dolor.

Su voz
Regresé a esta ciudad a visitar a mi madre después de haber estado muchos años lejos.

Decidí irme de aquí porque ya no soportaba más a ese maldito. Me acuerdo perfectamente bien de todo, como si fuera ayer. Regresar, me enfrentó con esos fantasmas del pasado.

Yo solo era un niño pequeño. ¿Cómo podía defenderme si me amenazaba con matarme y con matar a mi mamá?

Todo empezó un día que fui a su changarro. Me mandaron a comprar combustibles para el boiler. Yo llevaba mi monedota de cinco pesos. Llegué a la tienda y le pedí al don los combustibles. Recuerdo que me dijo que pasara a agarrarlos porque los tenía en un patio atrás de la tienda. Yo entré y el viejo me siguió, cuando yo estaba agachadito levantando los combustibles, me agarró por atrás y se pegó a mi cuerpo. Yo traía un short; cuando sentí eso yo me asusté y me levante. El viejo me soltó y me dijo que me llevará los combustibles. Yo no le dije nada a mi mamá porque me quería quedar con la moneda de cinco pesos. 

La siguiente vez que fui a la tienda del viejo ese me preguntó si quería ganarme cinco pesos y yo le dije que sí. Me indicó que pasara al patio.  Ahí me ordenó que le agarrara el pene por arriba del pantalón, que al cabo era por arriba del pantalón y que no tenía nada de malo. Yo lo hice y me acuerdo cómo el me agarraba la manita para agarrarle…

Me dio la moneda, como me había dicho; yo me fui.

Mi mamá me mandaba siempre a esa tienda; a ella le caía bien el viejo. 
 
Las cosas fueron cada vez peor
Así empezaron las cosas. Mi mamá me mandaba a la tienda y el viejo me decía que si lo tocaba. Yo le empecé a decir que mejor ya no, que no importaba que ya no me diera dinero. El viejo me decía que yo era un joto, con palabras más feas. Me iba a mi casa y le decía a mi mamá que ya no me mandara a la tienda; ella me regañaba.

Un día el viejo estaba enojado; en cuanto llegué me dijo: “¡Métete!”. Le dije que no. Salió, me jaló de la ropa y me metió al patio; se bajó el cierre del pantalón y a fuerza me metió su pene en la boca. Yo tenía mucho asco y sentía que me ahogaba. El viejo ese no paraba. Cuando por fin me soltó me dijo que yo era como su vieja porque yo era un joto, y que si decía algo me iba a matar.

Llegué a mi casa y vomité. Le pregunté a mi mamá qué era un joto. Me regañó y me gritó que era un hombre que se creía mujer. Yo lloraba en mi cuarto porque yo no quería ser mujer. 

Me seguían mandando a la tienda
Me acuerdo del día más infeliz de toda mi vida. Tuve que ir a la tienda del viejo, me dijo métete o te mato. Pasé al patio; ya estaba oscureciendo y tenía mucho frío. El viejo me dijo: “Bájate los pantalones”. Yo no quería; me pegó en la cara y me gritó: “¡Que te los bajes o te los bajo!”… me los bajó. Yo trataba de defenderme pero él era más fuerte que yo.

Fue el dolor más grande que he sentido. Yo gritaba, pero él me tapaba la boca. Yo tenía como 10 años. Cuando por fin me soltó, me aventó junto al cilindro del gas. Me quedé ahí llorando. “¡Cállate!, que pareces vieja”. Me aventó una moneda.

Cuando regresé a mi casa llevaba los huevos que me había encargado mi mamá.

No me creyó
Mi mamá vio que había llorado; me preguntó qué me pasaba, yo le dije la verdad pero no me creyó, me regañó y me dijo que era un maldito mentiroso, que ese viejo era incapaz de hacerle mal a nadie. Le hablé a mi padrino, porque yo no conocí a mi papá; a él le platiqué y sí me creyó. 
 
Encontré paz algunos años
Me fui a vivir con él. Ahí trate de olvidar, de hacer mi vida. Estudié y encontré trabajo. Aunque todo el tiempo recordaba lo que me había pasado, sufría en silencio: no era fácil para mí olvidar esas palabras que me decía ese viejo joto. Eso retumbaba en mi cabeza.

Traté de tener novias, pero todo era un fracaso. Sentía como que ya no era hombre. Me es muy difícil estar con una mujer como pareja.

Empecé a tener depresiones muy profundas, me quería morir. Hasta hace poco fui a terapia con un psiquiatra. Él me mandó tomar antidepresivos; con eso me he controlado.
 
Reencuentro con su pasado
Regresé a esta ciudad a ver a mi madre porque está enferma. Ella nunca se cambió de domicilio, sigue viviendo en esa colonia que me trae recuerdos tan horribles. 

No quería venir porque tenía miedo de encontrarme a ese viejo. Y por supuesto que me lo tenía que encontrar: él tampoco se cambió de casa y sigue teniendo esa misma tienducha.

Me pregunto si eso que me hizo a mí se lo habrá hecho a otros niños.

Un día me lo encontré, de inmediato me reconoció. Sentí una mezcla de odio y coraje. Yo nunca me imaginé que él sería capaz de hablarme y, sin embargo, lo hizo. En un tono de burla me dijo que ya había regresado su vieja; me dijo en tono cínico que si había regresado a repetir. Estuve a punto de partirle la cara… no pude: el miedo me paralizó y recordar ese dolor físico y la humillación que me hizo cuando era un niño, no me dejaron actuar.

Yo siempre pensé que ya lo había superado, pero veo que no.

El viejo ese tuvo el descaro de mandarme llamar con un vecino.

Yo sí fui pero ahora era diferente, ya soy un hombre y ahora sí me podría defender. Cuando fui para enfrentarlo me dijo que pasara: “Te pones… ya sabes cómo”; me hizo enfurecer, le dije que era un maldito depravado. Se burló de mí: “Bien que te gusta”. De inmediato me salí de ahí.

Iba con toda la intención de golpearlo hasta cansarme; quería desquitarme de todo el daño que ese viejo me hizo. 

Me cambió la vida para siempre: no puedo tener una pareja mujer, pero tampoco quiero ser homosexual; tengo una gran confusión en mi identidad. Espero que la terapia me ayude.

Sé que la ley es justa y, aunque haya pasado mucho tiempo, tuve el valor de denunciarlo, tragándome toda la vergüenza. Confío en la justicia, ella se encargará de ese maldito que me cambio la vida para siempre.

Trastorno de estrés postraumático
Luego de haber sufrido un evento traumático aparece lo que en la clínica llamamos “trastorno de estrés postraumático”. Este se manifiesta en algunas personas de manera más silenciosa y en otras genera cambios de conducta significativos. 

Los síntomas más frecuentes del trauma son: vueltas al pasado y sueños con representación del suceso ocurrido; insomnio y depresión; desesperanza, alta reactividad, paranoia, etc.

Los síntomas suelen persistir durante mucho tiempo, incluso años y, a veces, durante toda la vida.