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Historias de Lobos
Mi delito... que me echaran a la calle
Ivonne Nava García 11-02-2017 19:32 hrs

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Liga Corta




Un embarazo repentino y no planeado de una hija es una situación que de por sí tiene una carga afectiva muy grande y que, como padres, es difícil de afrontar.

Genera sentimientos encontrados al sentir que se ha fallado como padre o que la hija ha fallado y ha defraudado a la familia. O hasta de alegría por la llegada de un bebé. La manera de reaccionar de cada padre de familia es muy diferente.

En esta historia una jovencita de 18 años, a punto de terminar la preparatoria, resulta embarazada y en solo una semana cambia su vida de hija de familia a procesada por un delito federal. Lejos de su hogar espera cumplir su larga sentencia.
 
El inicio
Soy de Piedras Negras, Coahuila. Estaba terminando la preparatoria. Tenía beca porque me sacaba muy buenas calificaciones.

Mi papá es contratista, hace trabajos de construcción. Él es muy estricto con todo.

A nosotras de mujeres, no nos deja salir nada más a la escuela. Es muy celoso de todo y casi no se puede hablar con él porque todo lo toma a mal.

Enamorada
En la prepa conocí a un chavo. Nos hicimos novios, yo estaba muy enamorada de él. Se me hacía tan guapo y buena onda. Nos veíamos en la escuela nada más porque mi papá no me dejaba tener novio. Como al mes de que empecé con él me decía que se quería casar conmigo, que le gustaba mucho y así muchas cosas muy bonitas. Yo me las creí todas.

Como no me dejaban salir en la tarde de mi casa, nos empezamos a hacer “la vaca” de la escuela: nos salíamos de clases; primero nos íbamos a dar la vuelta, pero luego empezamos a ir a la casa de un amigo.

Prueba de amor
Me decía que como ya nos íbamos a casar en cuanto termináramos la prepa podíamos tener relaciones sexuales; yo como que no quería, pero quería que él estuviera feliz. Me decía que eso lo haría confirmar mi amor por él. Accedí.

Duramos cinco meses más y, de repente, todo terminó porque resulté embarazada. En cuanto me di cuenta de que no me llegaba mi periodo hablé con él. Yo pensé que se pondría muy feliz, pero se enojó muchísimo. Me dijo que él no quería ser papá tan joven. Que él quería seguir viviendo y seguir estudiando. Me dijo que lo abortara, que así ni él ni yo tendríamos problemas; que él conocía a alguien que hacía eso y que fuéramos. Le dije que no. Empezó a decirme que a lo mejor ni era de él. Le dije que no importaba, que de todas maneras nos íbamos a casar. Se rió de mí, me dijo que estaba loca, que él no iba a arruinar su vida por una estúpida como yo, que debí cuidarme.
 
Devastada
Se fue y ahí me quedé. Estaba como una zombi. No sabía qué hacer.

Una amiga mía me dijo que mejor hablara con mis papás. No alcanzaba a pensar nada, me sentía demasiado triste porque me había dejado mi novio. Yo lo amaba de verdad; para mí era mucha felicidad estar esperando un hijo de él.

Le dije a mi mamá; hizo mucho drama: se desmayó, lloró, me dijo que los estaba avergonzando y muchas cosas más.

Cuando llegó mi papá del trabajo yo estaba temblando del miedo. Pensaba en que me iba a matar. Mi mamá no me dejó decirle; ella solo le dijo: “Embarazaron a tu hija y el fulano no la quiere”. Mi papá se me dejó ir. Me agarró de los brazos y me empezó a sacudir toda. Me gritó que era una prostituta; que las muchachas decentes no salían con su panza. Me golpeó muy feo en la cara y en los brazos, y me corrió de la casa; me dijo que me largara que no me quería volver a ver. Me faltaban tres meses para acabar la prepa. Le dije que me diera chanza de quedarme para acabar la prepa. Pero me dijo que me largara, que él no podía con la vergüenza y con la humillación de lo que yo había hecho.
 
Refugio equivocado
No sabía qué hacer y me fui a la casa de una amiga. Ahí su mamá me dijo que había una señora que le daba trabajo a muchachas para llevar papeles a otras ciudades y que les pagaba bien. Que fuera a hablar con ella.

Fui ahí a donde me dijo; le expliqué a la señora lo que estaba pasando y me dijo que incluso ahí en su casa me podía quedar; que embarazada les servía mucho. Me dijo que me pagaría 3 mil pesos por cada viaje que solo tenía que llevar sobres; que las primeras veces ella iba a ir conmigo para irme enseñando cómo hacerle y a dónde entregar los sobres.

Trabajo
Ese día que llegué a su casa era un miércoles; el primer viaje lo haríamos el viernes. Teníamos que ir a Guadalajara, Jalisco, a recoger los documentos y de ahí teníamos que ir a Tamaulipas a entregarlos.

Se me hizo muy pesado el viaje a Guadalajara. Tenía dos meses de embarazo y me sentía con mucho asco en el camino. Vomité muchas veces. Ella me dijo que de regreso comiera galletas saladas que con eso se me quitaba y que me fuera acostumbrando porque se hacían de dos a tres viajes a la semana dependiendo del destino.

Se me hizo bien porque se ganaba mucho dinero y así tendría para el parto de mi bebé y para pagar una casa para vivir.

En Guadalajara ella habló con un señor que ni me fijé cómo era porque yo me fui a comprar algo de comer. No sé qué le dijo ni lo vi bien; solo sé que él le daría la documentación que tendrían que llevar. De ahí ella me dijo que ya nos regresaríamos. Fuimos a que ella comiera y agarramos un taxi para la central.

Me dijo que ella nada más llegaría a Saltillo, Coahuila, y que yo le seguiría hasta Piedras Negras, que ahí me tenía que esperar un día a que ella llegara para irnos a entregar los documentos en Tamaulipas. Que me fuera a su casa y que no saliera ni hablara con nadie. Que en el autobús nos íbamos a ir separadas como si no nos conociéramos. Todo eso se me hizo muy raro, además, yo tenía mucho miedo porque nunca había viajado sola.
 
Regreso
Cuando ya estábamos en el autobús me habló para que fuéramos al baño. Me dijo que me pusiera una blusa que ella tenía en su mochila y una faja para hacer ejercicio. Le dije que no porque le iba a hacer daño a mi bebé. Me dijo que no porque estaba muy chiquito. Ahí mismo me dio unos paquetes y me dijo que los tenía que poner debajo de la faja para no perderlos. Yo no sabía qué tenían esos paquetes. Nos fuimos cada quien a su asiento y yo me quedé dormida.

No sé en donde estábamos, me desperté cuando una muchacha que traía gorra de la policía me dijo que me identificara. Le dije mi nombre, me pidió papeles pero yo nada más traía la credencial de la escuela. Se volteó y les dijo a sus compañeros policías: “¡Esta es!”, y me bajaron del camión. Yo estaba muy nerviosa. Traía una chamarra y me dijeron que me la quitara. Yo no quería, le hablaba a mi compañera pero ella no estaba, ya no la vi. Estaba muy asustada porque me hablaban a gritos los de la federal. Me puse a llorar. La muchacha que me bajó del camión me revisó mi cuerpo y sintió la faja. Me preguntó qué traía ahí y me la quitó. De todo sacaban fotografías.

En el Ministerio Público Federal
Me llevaron a unas oficinas y ahí, en una mesa, un señor me gritaba y me preguntaba qué transportaba. Yo le dije que documentos, que la señora me había contratado. Aventaron la faja y los paquetes en la mesa y con una navaja le cortaron a uno. Le salió como un polvo blanco y me gritó que si eso me parecía documentos. Me dijo que quién me lo había dado y en eso trajeron a mi compañera. Estaba golpeada de la cara. Les dije que ella. De ella también pusieron su faja en la otra mesa. Mi compañera solo decía que ella no sabía qué era eso. Que a ella le pagaban para llevar papeles.

Llegó un señor que se llevó unas muestras de lo que traían los paquetes. De ahí resultó que era metanfetamina. Dijeron que yo traía un kilo con 200 gramos, y mi compañera cinco kilos.

No me dejaron hablar con nadie. Mi familia no sabía en dónde estaba hasta que me llevaron a la cárcel de mujeres. Ni siquiera sabía que estaba en Zacatecas. Les llamé a mis papás, pero no han querido venir a verme. Ha sido muy difícil estar aquí. He conocido a otras chavas que les han pasado cosas similares. Jamás pensé que me podía meter en ese problema y menos que terminaría en la cárcel.

Vulnerabilidad
Cualquier jovencita o joven ante una situación de dificultad en su vida, se encuentra sumamente vulnerable a ser víctima de las circunstancias. Pueden resultar presos, involucrados en la delincuencia, con problemas de adicciones, etc.

En un estado de desamparo pueden no tomar las mejores decisiones. Su escasa madurez emocional no se los permite. Por eso es de suma importancia la presencia activa de los padres, que comprendan que sus hijos están en formación y que requieren el apoyo incondicional de ellos, aún más, en las situaciones más complicadas.