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Los milagros de Jesús, signos del reino de Dios

Los milagros de Jesús, signos del reino de Dios

Fernando Mario Chávez

   |  13 octubre, 2019

Los milagros de Jesús, signos del reino de Dios

Hermanos y Hermanas: Estamos celebrando el 28 Domingo del Tiempo Ordinario y en el Ciclo C. y tanto la primera lectura como el evangelio coinciden en relatar la curación de unos leprosos. El profeta Eliseo (siglo 8º. A. C.) sana con el poder divino al sirio Naamán, pidiéndole se bañase en el río Jordán; y Jesús, de camino hacia Jerusalén, cura a diez leprosos, de los cuales solamente uno vuelve con Jesús, dando gloria a Dios. Este hombre agradecido era un samaritano, un no judío como el sirio Naamán, quien volvió a dar las gracias al profeta de Dios, Eliseo, haciendo profesión de fe en el Dios de Israel. Fijémonos que se trata de la fe que resalta Cristo en el extranjero samaritano que, agradecido, se postra ante él y entonces recibe las palabras de consuelo y amor de parte de Jesús: “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”.

Estas curaciones de la lepra de manera verdaderamente milagrosa, nos invitan a reflexionar sobre los milagros que obra Jesucristo para entenderlos debidamente, como parte de la tradición de los creyentes en Jesús, que ayuda decidida y libremente a fundamentar la fe, aceptando la revelación que el Padre les ha confiado en orden a la salvación de todos los hombres. Poniendo atención en los textos del Libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos uno de los discursos del apóstol Pedro, quien proclama a “Jesús de Nazaret, hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio, los milagros, signos y prodigios que conocéis”: “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech. Ap. 2, 14 y ss). Ya con esta Introducción paso a la parte doctrinal de esta homilía.

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Los milagros de Jesús, son signos del reino de Dios

Los milagros de Jesús deben enfocarse desde la perspectiva liberadora del Reino de Dios, como signo de la era mesiánica de nuestra salvación, en el espacio y el tiempo y con miras a conquistar la gloria del cielo al final de nuestras vidas sobre la faz de la tierra. Así lo ha hecho Jesús mismo en repetidas ocasiones en la sinagoga de Nazaret y en la respuesta a Juan el Bautista y a los escribas y fariseos. Tengamos muy firme en nuestra fe de cristianos, que los milagros de Jesús son signos y señales de la presencia salvadora del Reino de Dios y parte integrante de la buena nueva que Cristo, como Mesías enviado por Dios, anunció definitivamente con palabras y obras admirables.

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Para la mentalidad y cultura bíblica, los milagros son manifestación clara y cierta, del poder salvador de Dios en Jesús de Nazaret y en sus auténticos seguidores: María y todos los santos de nuestra historia de salvación. Y así, debemos entender y aceptar que la primera comunidad cristiana, primer eslabón de la cadena de nuestra historia cristiana, en su seno de comunión y de fe, se gestó la composición y redacción de los evangelios a la luz plena de la fe pascual en Cristo resucitado y glorioso.

Porque precisamente, Jesucristo estaba “ungido con la fuerza del Espíritu Santo”, se nos ha manifestado como señor de la naturaleza (milagros sobre los elementos), Señor de la vida y salvador de todos los hombres (sanaciones), vencedor de los demonios (curaciones de endemoniados) y de la misma muerte (resurrecciones a imagen y participación de su propia resurrección de entre los muertos).

Los milagros de la fe en Cristo

Los evangelios nos muestran que los milagros brotaban de la fe viva en Jesús, la fe era el presupuesto para que Jesús poderoso en su divinidad de Hijo de Dios, actuara también como hombre que es, para auxiliar, confortar y sanar a todo aquel que se acercaba a su persona para pedirle desde el fondo sufriente de su alma la curación de enfermedades, la liberación de la posesión diabólica, los peligros de los enemigos, la postración y el desamparo doloroso, etc., es lo que nos hace saber el evangelio de este día al relatarnos las curaciones de los leprosos que desde lejos y con gritos angustiados y a la vez llenos de esperanza, que Jesús fuera misericordioso con ellos, al ser tan rechazados por la comunidad, debido al temor del contagio de la lepra, que en aquellos tiempos era incurable con llagas y destrucción purulenta y terrible de los cuerpos enfermos hasta morir en la soledad y desolación en la agonía de la muerte. También ahora podemos decir que, gracias a los milagros, “creció la fe de sus discípulos en él” (Jn 2, 11). Jesús decía y repetía a los que auxiliaba y sanaba: tu fe te ha salvado; tu fe te ha curado, de esto concluimos que la fe es el presupuesto esencial y la condición para que se efectuaran los milagros, hasta el punto que donde Jesús no encontraba fe, como sucedió entre sus paisanos de Nazaret, “no podía hacer” ningún milagro (Mc 6, 5).

Conclusión

Ahora nosotros, en nuestro tiempo actual y generación presente, llenos de fe que imploramos a Dios, proclamando que su Hijo Jesús tan amado por él, es fuente de vida, esperanza y liberación para todo hombre amado por Dios.

Descubramos que los milagros son posibles en nuestro mundo de hoy, porque radican en Jesús, en su misterio pascual, en su victoria sobre la muerte por medio de su resurrección, que es el mayor de sus milagros. De esta manera el evangelio de hoy que ahora proclamamos con nuestra entrega y vida al Señor Jesús, señalándonos un camino de compromiso cristiano con la libración del dolor de nuestros semejantes en cualquiera de sus manifestaciones: enfermedades, hambre, miseria, ignorancia y opresión. Entonces podremos decir: ¡Jesús misericordioso y amante de tus hermanos, danos vida íntegra, gozosa y plena como arras y prenda de nuestra futura resurrección eterna, ya libres del dolor, la enfermedad y la muerte!

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