Friday 20 de January de 2017
»Cambia la suerte del taxista 

Se compra un chofer

Redacción      6 Dec 2014 21:53:20

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(Cortesía)
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En la primera parte de este capítulo el taxista relató que un enviado del general Tomás Urbina había intentado “comprar” a varios choferes, para que se pusieran a las órdenes del revolucionario.

Ante la negativa de todos los consultados, el emisario advirtió que si no era por la buena, sería por la mala.

“De está manera, abandonó el garage acompañado del mayor con quien viniera, dejándonos a todos un poco pensativos y mortificados, porque la verdad, nuestra suerte y nuestro trabajo estaban en manos de la gente armada de la Revolución, que no siempre es razonable.

“Sin embargo, nosotros tomamos una resolución, una determinación quizás violenta, pero práctica, y esto fue ir en masa con o sin anuencia del coronel Aguinaga a entrevistar al general Villa para hacer de su conocimiento la proposición del general Urbina que nos había hecho por conducto de aquel señor vestido de civil, añadiendo las amenazas de quien nos hizo objeto al decirnos que si no accedíamos por la buena, quizá lo haríamos por la mala.  

“De esta manera, y a pesar del enorme disgusto del encargado del garage, que no aprobó que abandonáramos el establecimiento sin su voluntad, todos salimos a la calle a pie, tomando el rumbo de la estación, lugar a donde estaba el cuartel de la división.

“El general villa estaba sumamente ocupado dentro de su carro-despacho y por esto no nos recibió inmediatamente, pero por casualidad el general Nicolás Fernández salía en esos momentos de hablar con el jefe y al verme, se dirigió a mí, diciéndome: 

“‘-Quiúbole, muchacho, ¿qué andas haciendo?’     

“Entonces narré al general Fernández lo que nos pasaba a mis compañeros y a mí; disgustándole visiblemente esta forma de proceder, dijo: ‘Pasen, muchachos, ahorita hablan con él’.

“Y presidiéndonos, abordamos la plataforma del carro y momentos después hablábamos con el guerrillero que por buena suerte estaba esta vez del mejor humor.  

“Escuchó nuestro relato hasta el final, sin interrumpirnos y sin hacer el menor gesto de disgusto, acabando por decir al final nuestra queja: ‘Muy bien, ¿eso es todo?’

“Acto continuo, ordenó a un coronel que saliera en busca del general Tomás Urbina, su compadre, y que le dijera que viniera inmediatamente, que lo estaba esperando. 

“El enviado salió en busca del divisionario Urbina, al que debe haber encontrado no muy lejos de la estación, porque 15 minutos después comparecería el compadre ante el general Villa, saludando con estas palabras:

“‘¿Pa’ qué soy bueno, compadre?’

“‘Nomás para ofrecerle cualquiera de estos muchachos que son los choferes de la división, sin necesidad que les ande mandando ofrecer mil pesos en oro porque se vayan con usted, porque ya sé que se ‘avanzó’ un automóvil y que no tiene quién lo maneje, compadre.

‘“Bueno compadre, contestó Urbina, pues si me quiere pasar uno de éstos (nos señaló a nosotros), lo que haré será regalarle la yegua colorada aquella que tanto le gusta.

“‘Bueno, está bueno. Lo acepto, contestó Villa.   

“‘Entonces, ¿puedo escoger cualquiera de estos muchachos?’, dijo Urbina.  

“‘Sí, cualquiera’.

“‘Entonces escojo a éste’, y me señaló a mí, poniéndome una mano sobre el hombro.

“Confieso que sentí que la sangre me afluía a mi cabeza por la ira que me embargaba en contra de esos dos generalazos y compadres que se pasaban la vida y los servicios de un hombre con la más absoluta indiferencia y sangre fría. 

“Por su parte, el general Villa hizo un visible gesto de contrariedad, cuando Urbina me señaló como el escogido, al grado de que el mismo Villa dijo: ‘Le advierto compadre que ese es el más malito de todos y el más duro de pelar’…

“‘No le hace, compadre, de esos me gustan’, contestó Urbina.

“Cuando regresábamos al garage, todos llevábamos la cabeza baja y el corazón deprimido, principalmente yo, que sabía que iba a estar bajo las órdenes directas del más arbitrario y sanguinario jefe Villista, con el gravísimo peligro de perder la vida por el más leve capricho o disgusto de dicho jefe. 

“Por otra parte, tenía yo que abandonar necesariamente a mis compañeros, debido a que la columna de Urbina se movilizaría de un momento a otro con rumbo a San Luis Potosí.

“Con todas estas reflexiones llegamos al garage donde nos recibió el coronel Aguinaga con la novedad de que estábamos arrestados todos por haber salido sin su autorización; que no podíamos salir a tomar nuestros alimentos a la calle ni abandonar el recinto por la noche a los que nos tocaba franco.

“Nuestro estado de ánimo no estaba para comentar las cosas y de esta manera el único que se aventuró a hablar fue Leonardo para decir: ‘Nos salió sello, muchachos’…

Conitnuará...

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado





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