Tuesday 24 de January de 2017
»Los taxistas reciben un ofrecimiento del general Urbina  

Se compra un chofer 

Redacción      29 Nov 2014 21:43:43

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(César Navarrete )
(César Navarrete )
“Terminada la corrida de toros en la que habían actuado tan pésimamente aquellos toreros maletas y llevándose la nota jubilosa el capitán villista que resultó revolcado por uno de los astados, el que fue muerto de certero balazo por el mismo milite, el general Villa tras agradecer a la ciudad de Aguascalientes por conducto del presidente municipal la corrida que se ofreció, con su comitiva e inclusive las reinas, procedió a desalojar el palco de honor.

“Nuestros coches volvieron a recoger a las hermosas damitas y a sus chambelanes retornándose a sus respectivos hogares, según órdenes expresadas del jefe de la División del Norte.    

“Inmediatamente después de esto se nos hizo volver al recinto que nos servía de garage en el que como de costumbre, guardamos los autos hasta nueva orden.        .     

“Hacía un momento que habíamos llegado cuando se me ordenó que inmediatamente me presentara con todo y el automóvil ante el general Villa en la estación. Así lo hice, encontrándome con el guerrillero que en esos momentos se paseaba por el andén de la misma estación en compañía como siempre de numerosos jefes y oficiales de su división.           

“Me le hice presente con un ‘estoy a sus órdenes, mi general’, a lo que contestó con un reseco: ‘Está bueno’. Siguió su paseo con las manos en la espalda.

“Volvió a pasar junto a mí, que ya en estos momentos me acompañaba Ildefonso, mi amigo y exayudante. Se detuvo y mirándome fijamente dijo: ‘Por qué negaste que el coronel Gardel había usado tu coche para llevarse a la muchacha de don Esteban?’ 

“‘Porque yo adivine mi General, que usted quería que yo negara, que no se supiera que uno de los automóviles de la división había servido para el rapto, por eso’.


“‘Ajá… ¡Bueno, anda vete y si te necesito ya te llamaré’. Y continuó su interrumpido paseo, siempre con las manos en la espalda.

“Di media vuelta, y como exhalación llegué al garage para contarles a mis incrédulos compañeros la feliz terminación del incidente penoso del rapto de la hija de don Esteban y mi acerada negativa al Centauro del Norte. 

“Al siguiente día, a eso de las 11 de la mañana, se presentó al garage un hombre vestido de civil acompañado de un militar que ostentaba el grado de mayor. Estos se apresuraron con el coronel Aguinaga, encargado del garage, hablando con éste largo rato, al cabo del cual fuimos llamados a la estancia de junto del zagúan que servía de despacho y uno por uno fuimos interrogados acerca de nuestra edad, nacionalidad, religión, padres, etc., etc., y en fin, todas nuestras genereles que según se nos informó, eran datos para una estadística que la división necesitaba.

“Terminada esta formalidad nos retirábamos a continuar nuestro trabajo, pero a los pocos momentos, con gran sorpresa de nuestra parte, el hombre vestido de civil salía del despacho de Aguinaga para dirigirse al interior del garage con Leonardo, nuestro compañero, al que le dijo algo que nosotros no pudimos oír, pero que se tradujo en una negativa de nuestro camarada, ya que así solo lo denunciaban sus repetidos movimientos de cabeza. “Terminada la conferencia con Leonardo, se dirigió a mí, diciéndome con la voz más baja que pudo: ‘Dice mi general Urbina que le da mil pesos en oro al chofer que se vaya con él a manejar su auto, que no tiene quién lo maneje, que él se encargará de esconderlo y ponerlo en lugar seguro fuera del alcance de toda vigilancia.

“Naturalmente yo hice lo mismo que Leonardo; es decir, me negué a desertarme de tan fea manera para ponerme a las órdenes del general de más mala fama en la división, después de Rodolfo Fierro, naturalmente, y todo por la mísera suma de mil pesos que a lo mejor ni lo disfrutaba, de manera que el catrín que me hiciera la propuesta le di excusas rogándole que aceptara mi negativa, ya que yo tenía verdaderos compromisos con el guerrillero, a quien le había cobrado verdadera estimación, pero que bien podía hablar con algún  otro compañero para ver si aceptaba su ofrecimiento, a lo que se negó el enviado de Urbina, diciendo que si ninguno de nosotros quería aceptar por la buena, que ya veríamos si por la mala sucedía lo mismo”. 




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