Friday 20 de January de 2017

Nuestro vivir es Jesucristo muerto y resucitado

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      5 Nov 2016 23:29:45

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(Cortesía)
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Introducción

En el desarrollo de nuestra liturgia católica, hemos conmemorado a todos los fieles difuntos el día dos de noviembre, dentro de la tradición de nuestro catolicismo, que nos llama siempre a ofrecer sufragios y oraciones para pedir por todos los que han muerto, precisamente en esa fecha.

Asimismo, nos hemos unido con la Iglesia gloriosa, celebrando la solemnidad de todos los santos como comunión fraterna e imperecedera, llamados todos los creyentes en Cristo, para participar del gozo y la alegría de nuestra feliz resurrección, después de la muerte y realizar entonces nuestra vocación cristiana en la plenitud de su ser y vida gloriosos.

En este domingo  los textos bíblicos nos hablan del misterio de la resurrección de entre los muertos, como destino de vida plena y perfecta. Vida que se va realizando en nuestro paso por este mundo, configurándonos con Cristo, esperanza de la gloria futura que queremos conquistar unidos a Él y con todos los hermanos que nos han precedido en el misterio de la muerte, camino hacia la trascendencia del cielo. 

Ahondemos pues, en el tema de esta homilía, que definimos de la siguiente manera: “Nuestro vivir es Jesucristo muerto y resucitado”.


Nuestro vivir es Jesucristo muerto y resucitado

El mensaje bíblico de la primera lectura y del evangelio de hoy, es la resurrección de los muertos, artículo de nuestro credo de fe universal.

Este mensaje y tema de reflexión para afianzar más y más nuestra fe y esperanza en la resurrección de los muertos, nos debe impulsar para vivir firmes en lo que creemos como cristianos adelantando con el paso de nuestros días en la tierra, nuestro encuentro definitivo con Jesucristo, quien nos llama a participar de su pasión y muerte para luego alcanzar nuestra feliz resurrección con Él y todos los santos de la comunión celeste.

El tema es introducido  por el grupo de los saduceos, quienes no creían en la resurrección de los muertos, a pesar de haber llegado a ser doctrina común en el judaísmo de entonces.

Basándose en la ley de Moisés, del levirato que mandaba al hermano de un marido difunto y sin descendencia casarse con la viuda, tratan de ridiculizar la fe en la resurrección mediante un caso extremo, casi absurdo: una viuda sin hijos que se ha casado sucesivamente con siete hermanos.

¿De qué marido será esposa en el más allá? Ésta es la pregunta insidiosa que los saduceos hicieron a Jesús para ponerlo a prueba  y ponerlo en ridículo ante sus seguidores, según los criterios de estos hombres, quienes no aceptaban la doctrina y la misión del Señor Jesús.

Según el evangelio que hemos proclamado en esta misa, la respuesta de Jesús a los saduceos afirma rotundamente la vida nueva, inédita  e insospechada, que seguirá a la resurrección de los justos.

Pero fijémonos bien en la enseñanza de Cristo, quien nos dice, que la vida sexual, tal como ahora se expresa y se vive, ya no tiene sentido, ni finalidad en el más allá, pues los resucitados “ya no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios porque participan en la resurrección”.

Luego recurre Jesús al testimonio de Moisés en el pasaje de la zarza ardiendo sin consumirse, para concluir que el Señor es “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos”. Sin embargo, debemos también tener en cuenta, que aunque Cristo nos da la certeza de la resurrección, no nos desvela el modo y las condiciones de la supervivencia.

Será vida ciertamente, aunque distinta a la presente en la tierra, de acuerdo también a las sagradas escrituras: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a  la mente del hombre, lo que Dios ha preparado en el cielo para los que lo aman y lo siguen”.

Esto quiere decir que nuestra resurrección con Jesús y todos sus santos es objeto de fe absolutamente confiada, en el poder divino que primero ha resucitado a su Hijo hecho hombre y luego a todos sus hijos configurados con él y participando de su muerte y resurrección de entre los muertos.


Maneras prácticas de entender y vivir nuestra vida con Cristo muerto y resucitado

Todo creyente en Jesús es persona de optimismo y alegre esperanza porque ama la vida y a los hermanos. Es precisamente la fe en la vida eterna lo que da valor, hondura y luz al quehacer de la vida presente.

Creer en la resurrección es apostar por la vida presente y por el hombre: “Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida; lo sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1ª. Jn 3, 14).

La esperanza de nuestra resurrección debe hacerse realidad operativa en el mundo de los hombres por la práctica de las bienaventuranzas que Jesús predicó en la montaña a sus discípulos y seguidores, es decir, por la conducta y el testimonio de los que aman al hermano en vez de odiarlo y hacerlo morir con tantos modos de crímenes nefastos. 

Para los cristianos por el amor a Cristo en quien debemos descubrir a los hermanos, especialmente en los que sufren, con la gracia divina y nuestra vocación cristiana, queremos amar a todos los hermanos en vez de odiarlos, liberarlos en vez de oprimirlos y promocionarlos en vez de explotarlos.

Conclusión

Debemos concluir nuestra homilía, diciendo lo siguiente: Los creyentes maduros, los auténticamente cristianos, han de ser optimistas por definición, por necesidad diríamos.


Pues por lo que se refiere al pasado, confían plenamente en Dios, Padre amoroso que perdona al hijo pródigo. Por lo que respecta al futuro, tienen fe en alguien que es más fuerte que ellos para vencer la miseria, el mal y la muerte.

Y por lo que se refiere  al  presente, afrontan la vida con fe a pesar de ser la existencia  un reto continuo a todos los niveles: crecimiento y madurez personal, relaciones equilibradas con los demás; mantenimiento y armonía de la propia familia, ámbito laboral y proyección social y apostólica.

El bautizado en Cristo tiene en sí la semilla de eternidad; es un ser para vida nueva en Dios, mediante una muerte diaria y continua al yo egoísta y cerrado en sí mismo, para hacer realidad viviente su configuración participativa y definitiva con: “JESUCRISTO, MUERTO Y RESUCITADO”.

*Obispo emérito de Zacatecas




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