Monday 23 de January de 2017

Lo electoral como fábrica de corruptos

J. Luis Medina Lizalde      16 Oct 2016 20:14:41

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Parece crujir el blindaje protector de gobernantes corruptos. Javier Duarte es obligado a pedir licencia como gobernador de Veracruz cuando se aproxima el 1 de diciembre, día señalado por la constitución local para el relevo formal.

La Interpol se dispone a dar con el paradero de Guillermo Padrés, exgobernador de Sonora mediante una alerta roja en ciento quince países, Miguel Ángel Yunes, el tenebroso gobernador electo de Veracruz, oye pasos en la azotea que le hacen temer que no le permitan tomar posesión de su lugar como gobernador de los jarochos.

Los analistas nacionales y extranjeros más atendidos por el público mediático coinciden en que el régimen está entregando cabezas al enardecido reclamo ciudadano como estrategia de conservación del poder. En esa hipótesis, Javier Duarte es escogido como “sacrificable”, debido a su impresionante desprestigio.

El hecho de ser un gobernante del círculo de Peña Nieto y presumible donante significativo de recursos (públicos) para su campaña presidencial, le otorga el “toque” que necesita el alicaído presidente para intentar lavarse la cara.

La interrogante estriba en si la desconfiada ciudadanía se deja convencer. La corrupción se extendió al grado de no dejar espacio público a salvo, la búsqueda de explicaciones lógicas encaminadas a elaborar el antídoto ocupa a prestigiados investigadores de lo social, a políticos profesionales, partidos y ciudadanía comprometida.

En ese tenor, bien valdría explorar al modelo electoral como fuente de potenciación de la corrupción pública.
 
Allá pueden ¿por qué aquí no?
En contraste con lo que sucede en México, el pueblo de Colombia recién decidió en las urnas rechazar el acuerdo político diseñado para poner punto final a más de medio siglo de guerra interna.

El resultado fue reñidísimo aunque con un sorprendentemente elevado abstencionismo, lo que vale destacar para nuestro análisis que el desenlace fue lamentable para unos y motivo de alegría para otros, pero para nadie fue causa desconfianza puesto que no se produjeron denuncias de coerción del voto ni de compra del mismo como es habitual entre nosotros; nadie cuestionó la imparcialidad de la autoridad electoral.

Es decir, el gobierno, las fuerzas armadas y empresarios que simpatizaron con el rechazo o con la aprobación del acuerdo de paz, se abstuvieron de presionar o de corromper a los electores.

En penoso contraste, un candidato que gana un puesto de elección popular frecuentemente accede al triunfo empeñando hasta la camisa, no basta con lo que sus simpatizantes aportan ni lo que su partido le entrega, los propios dirigentes suelen manifestar su inclinación por fulano porque “tiene dinero”, aunque careza de principios, de preparación y de experiencia.

El que carece de aceptación social que lo haga competitivo tiene el camino de ser financiado por debajo del agua por presidentes municipales o gobernadores dispuestos a desviar recursos públicos o por particulares que invierten para después cobrar.

¿Es razonable esperar honestidad de políticos bajo ese esquema?
 
¿Elegir  entre qué y qué?
Zacatecas tendrá que repetir elecciones en la capital. Nada asegura que las cosas sean diferentes. La anulación del proceso fue la sinrazón de una clase gobernante cuya única capacidad acreditada es la de ganar elecciones al estilo dominante, pero que carece de habilidades para las tareas gobernantes; sin capacidad de gestión, sin brillo gestor, sin peso nacional, sin calidades técnicas u organizativas y con una voracidad por el dinero que Dios guarde la hora.

Así las cosas, no debe sorprender a nadie que exista un sentimiento de desánimo por la repetición de un proceso que carecerá de autoridades electorales distintas a las vigentes durante el proceso electoral anulado y que tendrá la participación de los mismos núcleos y personajes que hacen a un lado identidades partidarias y haciendo caso omiso de la contraposición programática e ideológica pactan alianzas sin más motivación que ganarle al PRI. Quién sabe para qué, porque para gobernar distinto no.

Cuando el interés general es mero discurso detrás del cual se esconde el interés particular, nada impide que se junte la derecha con la izquierda. Lucran políticamente con la pobreza, cada quien conforme a sus posibilidades.

Llegado el momento, la administración pública se asalta como botín de guerra por el partido “triunfador”, despiden empleados con costo al erario para hacerle lugar a los suyos e integran a puestos administrativos a individuos cuya único mérito es su pertenencia partidaria.

El calamitoso panorama de las finanzas públicas en mucho se explica por la corrupción emanada del modelo electoral basado en la compra de consciencias pactado por cúpulas partidarias cooptadas por el régimen

La descomposición social en ascendente curso se traduce en el abatimiento de la tranquilidad social a niveles peligrosos... y de eso ni se habla.

Nos encontramos el jueves en El Recreo
 




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