Friday 20 de January de 2017

La pequeña figura de un gigante

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      29 Oct 2016 23:50:30

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Zaqueo, jefe de publicanos y hombre rico, era de estatura pequeña y subió a un árbol para poder ver a Jesús. (Cortesía)
Zaqueo, jefe de publicanos y hombre rico, era de estatura pequeña y subió a un árbol para poder ver a Jesús. (Cortesía)

Introducción

El espacio espiritual de oración litúrgica y para reforzar nuestro ser y testimonio de cristianos, lo vivimos a partir de nuestras celebraciones eucarísticas dominicales que son fuente abundante y generosa para alimentar nuestra fe, esperanza y  amor a Dios y a nuestros prójimos. 

Esto, y de acuerdo con las enseñanzas bíblicas que constituyen la liturgia de la palabra e iluminan el sacrificio y la comunión de cada misa, siguiendo las enseñanzas de nuestra madre la Iglesia, no ilumina y por consecuencia nos compromete para anunciar el evangelio todos los días de nuestras vidas, si es que realmente Cristo vive en nuestras conciencias y en nuestros corazones para ser discípulos y misioneros suyos, llamados a la santidad que continuamente se alimenta con la celebración de los divinos misterios de nuestra vida cristiana, caminando juntos en pos del cielo, nuestra meta final y definitiva, siempre presente, orientándonos en nuestra camino al encuentro perfecto con Dios, Uno y Trino, y todos sus santos en la celestial Jerusalén.

Hoy, Domingo XXXI del tiempo ordinario y dentro del Ciclo C, tenemos como tema central de mi homilía la figura de Zaqueo, pequeño de figura y estatura, pero gigante en su conversión espiritual avalada con las obras de reparación y amor a Dios y al prójimo, aceptando el misterio de su vocación, operada por Jesús en su paso por Jericó y camino a Jerusalén ya próxima su pasión, muerte y resurrección. Abordemos, pues, la parte central y doctrinal de nuestra homilía.
 

Zaqueo, la pequeña figura de un gigante

Jesucristo, nuestro Salvador, como verdadero Dios, Hijo del Padre y hombre como nosotros, menos en el pecado, iba completando su itinerario hacia la ciudad  de Jerusalén para llevar a plenitud su pascua por este mundo: predicando, avalando su mensaje con los milagros que hacía, padeciendo, muriendo en la cruz para luego resucitar lleno de gloria y esplendor y ascender al cielo. 

Por esto, además de darnos el ser de hermanos suyos por el bautismo, su paso por este mundo es un llamado a la conversión continua, fruto de un encuentro maravilloso con Él, ni más ni menos, como Zaqueo cuando Cristo pasó por la ciudad de Jericó, como última estación de su camino hacia Jerusalén.

Jesús siempre ha ofrecido la buena nueva del Reino de Dios a todos los hombres sin acepción de personas: a los publicanos, pecadores recalcitrantes y todos aquellos que tienen puesto su corazón y ambiciones en el poder y el dinero. 

Entre los seguidores de Cristo se contó con Mateo, que era publicano, es decir: cobraba impuestos a favor de los romanos quienes habían invadido Palestina y dominaban como extranjeros indeseables al pueblo judío. A pesar de todo, Cristo lo llama y él dejó, entonces, su vida de pecador para seguir a Cristo que lo llamó desde la mesa de los impuestos que él cobraba. 

Recordemos a aquella pecadora pública que se presentó de improviso en la casa de Simón, el fariseo, para postrarse a los pies de Jesús implorando el perdón y la paz en su vida. 

Y, por supuesto, está el joven rico que al ser llamado por Jesús, no supo desprenderse de sus bienes para luego seguir al Señor que lo llamaba. 

Con estos antecedentes en la vida de Cristo podemos entender mejor la conversión espiritual de Zaqueo, el protagonista del evangelio de hoy.

Al pasar Jesús por Jericó la muchedumbre lo seguía, con el afán de conocerlo, tocarlo y recibir de parte de Él, los beneficios de su gracia, servicio y benevolencia, especialmente para con los pecadores. 

Siendo Zaqueo un hombre de baja estatura, y con el afán de ver a Cristo, tuvo la feliz iniciativa de subirse a un árbol para ver a Jesús, ya que la muchedumbre se lo impedía. 

Jesús, con su poder y sabiduría de Hijo de Dios, conoce el misterio del corazón de Zaqueo: hombre rico y jefe de publicanos. No sabemos los motivos que tenía Zaqueo para ver a Cristo. Pero para sorpresa de Zaqueo, Cristo lo llama diciéndole que quería  hospedarse en su casa. La gente se escandalizó al oír esto en los labios de Jesús pues se preguntaban el porqué quería hospedarse en casa de un pecador público y que no era aceptado en la sociedad por su condición de publicano y pecador.

La conversión de Zaqueo es profunda y verdadera. A diferencia del joven rico, reacio a liberase de sus bienes y seguir a Jesús, Zaqueo abre las puertas de su hogar y dice a Jesús: “Mira, Señor: voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”.
 

Conclusión

Zaqueo, fiel a la gracia del llamado de Jesucristo, se ha vuelto, con su conversión, un  hombre libre, justo y, sobre todo, inmensamente feliz. Jesús lo confirma: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”.
Desde este hecho de la conversión de un pecador público, quien al arrepentirse de su vida pecaminosa, nos da ejemplo, es conveniente y oportuno hacernos las siguientes preguntas: ¿Qué tanto nos esforzamos por encontrar a Jesús en la vida diaria y en la de nuestros prójimos? ¿Qué frutos de conversión ha producido en nosotros nuestro encuentro con Jesús? ¿Podremos decir todos y cada uno de nosotros, imitando la conversión sincera de Zaqueo, el pequeño gigante de un hombre quien desde su pequeñez y abatimiento humilde ha respondido al Señor que lo llamó y poder también decir nosotros que la salvación ha llegado a nuestra casa y entonces afirmar desde el fondo de nuestras almas que la salvación ha sido ya una feliz situación que es paso desde nuestros pecados que detestamos, para que estemos siempre ya no en nuestra propia casa, sino en la casa real del Reino de Dios?
Examinemos nuestras conciencias y ante el llamado de Jesús para seguirlo, poder afirmar que Dios, lento a la ira y rico en piedad, misericordia y perdón, nos ha rescatado del pecado y la muerte eterna. Cada uno de nosotros, habremos de dar la respuesta a Dios, quien conoce los íntimos pensamientos y los secretos del corazón y la lealtad y sinceridad de nuestra conversión al pasar Jesús ya no por Jericó, sino en los momentos y circunstancias de nuestra vida y amor a Cristo, como personas nuevas, caminando con Jesús y haciendo nuestra su pascua de cada día y hasta la eternidad.

*Obispo emérito de Zacatecas




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