Sunday 19 de February de 2017

La aparición de Jesús en su parusía y nuestra actitud de vigilante y activa espera

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      13 Nov 2016 00:35:55

A- A A+

Compartir:
(Cortesía)
(Cortesía)

Introducción

Estamos llegando al final del Ciclo C de nuestras liturgias eucarísticas dominicales y se aproxima ya el Tiempo del Adviento, que nos debe preparar litúrgica y espiritualmente para celebrar la Navidad que conmemora el nacimiento de Jesús como hombre verdadero, nacido del seno de la Virgen María, su madre y desde luego como Hijo del Padre lleno del amor imperecedero del Espíritu Santo.

El nacimiento de nuestro Salvador en Belén de Judá, es considerado como la primera manifestación de Jesucristo en carne mortal para rescatarnos de la impiedad y de todos los pecados que constantemente tenemos que eliminar con la gracia que el Padre nos regala y así poder crecer en el conocimiento,
imitación y seguimiento de Jesús, para conquistar el Reino de Dios en su plenitud, afrontando esta vida terrestre con sus retos y desafíos y estar vigilantes y preparados para la última y definitiva aparición de Cristo y nuestro encuentro con él, quien ha de venir para juzgar a vivos y muertos y entonces su Reino de amor y servicio tendrá su esplendor en la vida eterna.

Esta última manifestación es conocida con la palabra “parusía” y tendrá sus características que marcan el final de la historia terrena de la humanidad y del mundo.

Mientras tanto, de generación en generación, los hombres y mujeres, hemos de estar en actitud vigilante  y activa espera con una fe comprometida, con esperanza firme en las promesas divinas de salvación y con el ejercicio constante del  amor como adoración a Dios y al servicio de nuestros semejantes.

La aparición de Jesús en su parusía y nuestra actitud de vigilante y activa espera

Teniendo en consideración las lecturas bíblicas de la palabra en esta eucaristía, la primera lectura tomada del libro del profeta Malaquías habla del “día del Señor”, expresando con estas palabras una profecía que simboliza el juicio que Dios hace de la historia humana y del cosmos, asociado a la suerte final de los hombres.

Entonces en  ese “día”, él instaurará su reino de justicia, fraternidad y paz, en un mundo totalmente renovado. La eterna y feliz bienaventuranza será destinada a “los que temen al Señor” (Mt 3, 20): a los pobres, a los hambrientos, a los que sufren, a los perseguidos (Lc 6, 20-26).

Al optimismo cerrado de los judíos, el profeta Malaquías, opone una mezcla de terror y pesadilla. Quiere, en nombre de Dios, sacudir las conciencias indiferentes de quienes están convencidos de que se relacionan con un “Dios bueno” tolerante y lejano.

Poniendo ahora nuestra atención en el pasaje de San Lucas, el objetivo de su discurso acerca del final de los tiempos y la parusía del Señor Jesús; ciertamente la ocasión de este discurso es la observación de algunos sobre la belleza y esplendor  del Templo de Jerusalén, mientras Jesús caminaba por allí. Él hace una declaración escandalosa (Lc 21, 6), que se corresponde con el anuncio del “día del Señor”, repetido por los profetas.

Dios ha de juzgar inexorablemente la historia humana. Leemos luego también, que sus discípulos se manifiestan preocupados por el “cuando” y el “cómo”. Pero a Jesús no le interesa hacer previsiones sobre el futuro, sino orientar a quienes lo escuchan hacia una actitud de compromiso y esperanza. Jesús usa el lenguaje “apocalíptico” del final de los tiempos como son: las guerras, las pestes, los terremotos, las “grandes señales del cielo”, para estimular la conversión y la atención a lo que Dios pide en las opciones que se deben hacer en el decurso de la historia, dentro de la cual se debe cumplir con amor la voluntad de Dios en orden a nuestra salvación temporal y eterna.

Nuestra vigilante espera del señor

Sabemos que nuestra vida en la tierra es relativamente muy corta y que antes de que venga la Parusía de Jesús para juzgar a vivos y muertos, cada uno al morir habrá de ser juzgado por Dios, según sus obras.

Unos serán apartados por sus malas obras para siempre de Dios y otros serán recompensados por sus obras buenas. En la segunda lectura de hoy, San Pablo pone en guardia a los Tesalonicenses para que no crean que la Parusía de Jesús es inminente y que dejan de trabajar y viven ociosamente y creando problemas en sus comunidades.

Los exhorta a trabajar y con ello llevar una vida recta y fructífera ganando su pan para dar cuenta a Dios al final de nuestro tránsito por este mundo. Después al final de los tiempos ha de venir la última manifestación de Jesucristo.

A la espera vigilante del Señor quien nos juzgará al final de  nuestros días en la tierra, debemos trabajar con los siguientes valores del trabajo bajo las perspectivas de la enseñanza de la Iglesia:

El trabajo es realización personal que implica la totalidad de cada persona con su inteligencia y voluntad para sí misma y para los demás. 

El trabajo es cooperación con Dios para perfeccionar su obra creadora y para el bien integral de los hombres en todas sus dimensiones existenciales.

El trabajo es también servicio a la comunidad humana para que se creen formas de vida, subsistencia y ayuda mutua.

Por último, el trabajo debe iluminarse con la luz del Misterio Pascual de Cristo, pues la fatiga del trabajo con Cristo, que pasó su vida trabajando, desemboca en la luz de su resurrección. El trabajo de todos  y cada día, no es primordialmente castigo sino bendición y realización; es liberación penitencial.

El desgaste que tiene el trabajo manual e intelectual, unido al paso de los años, nos aboca a la perspectiva final de la muerte, para que como realización de la cruz dolorosa, por ella lleguemos a la plenitud de vida, amor y gozo en la eternidad. Por la cruz del trabajo hemos de conquistar la vida eterna, implicando las vacaciones y el descanso necesario como adelanto del descanso sabático y dinámico y para siempre con Cristo y todos los santos.

¡Que nuestra espera vigilante y activa para el encuentro con Jesús, sea nuestro alimento para vivir con esperanza firme y cierta, en el amor a Dios y a los hermanos, y alcanzar la luz inapagable del cielo en la eternidad que debemos aguardar positivamente y sin desmayar!
 

*Obispo emérito de Zacatecas





Comentarios
No existen comentarios aún
Accesa o regístrate para poder comentar

Lo más leído
Vibra el taekwondo de Olimpiada Estatal
Las Tuzas pierden en Mexicali
Al tiempo
Amar con amplitud como Dios nos ama
Atlas vence por la mínima a Cruz Azul
Aprenden niños técnicas de grabado en el Taller VetaGráfica
Bayern rescata empate de último minuto ante Hertha Berlín 
Aplicaciones


Servicios
$ Dolar
Compra 20.42
Venta 20.92
€uro
Compra 21.69
Venta 22.19

Multimedia



©Todos los derechos reservados
GRUPO EDITORIAL ZACATECAS, S.A. DE C.V.- De no existir previa autorización, queda expresamente prohibida la Publicación,
retransmisión, edición y cualquier otro uso de los contenidos de este portal.




Aviso de privacidad