Tuesday 24 de January de 2017

La alegría cristiana del Adviento

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      11 Dec 2016 01:37:25

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(Cortesía)
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Introducción
Hermanos: Estamos ya en el tercer domingo del Adviento y la Iglesia nos anima y conforta para recibir a Cristo que nace en Belén de Judá. Nuestro tema de este domingo es precisamente: “La Alegría del Cristiano”.

Esto se debe a que la liturgia de este domingo, nos llama a vivir intensamente la alegría que Cristo ofrece a todos los hombres de buena voluntad. Con palabras de San Pablo a los fieles filipenses, la antífona de esta eucaristía, nos dice: “Estad siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres. El Señor está cerca”.

Hoy bendecimos e iluminamos , el tercer cirio de nuestra “Corona de Adviento”; es de color rosa, para significar espiritual y litúrgicamente, nuestra alegría cristiana ante la inminente natividad de Cristo, el Hijo de Dios hecho Hombre, quien siendo “Luz del mundo”, nos participa como fuente primera, la alegría de nuestra salvación temporal y eterna. Este cirio bendito brilla con su luz propia.

El color es rosa en los ornamentos sacerdotales y los adornos de nuestro templo parroquial, para presentar a Dios las “rosas olorosas y bellas” de nuestro amor por Cristo y con él para todos nuestros hermanos sin límites de fronteras, razas, culturas y condiciones sociales que dividan y conduzcan a la tristeza de luchas fratricidas y falta de comunión brillante.

Reflexionemos, pues, en esta nuestra alegría cristiana para alentarnos en el avance del Adviento y realizar, como gracia especialísima y compartida, nuestro encuentro navideño con el Señor y con todos los hermanos, hombres que actualmente habitamos el planeta tierra que nos acoge vitalmente, como teatro y casa de nuestro desarrollo integral, individual y comunitario y bajo la luz de nuestra fe, esperanza y amor, en Cristo Jesús.

Nuestra alegría cristiana
La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, nos revela poéticamente: “Esto dice el Señor: Regocíjate, yermo sediento.

Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo, porque le será dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarión”.

La alegría del cristiano es desde luego un don o regalo del Espíritu Santo, que con la mediación de Cristo, nuestro salvador, nos enriquece el Padre eterno con su amor por todos nosotros, los que han vivido antes, ahora nosotros y muchas generaciones más que vendrán en el futuro de la historia de la salvación, hasta que se complete el número de los elegidos y Dios sea todo en todas las cosas del cielo y de la tierra.

Esta alegría es fruto que surge en nuestras almas, al saber que Jesucristo colma todas las expectativas de los humanos, hechos por Dios, imagen y semejanza suyas, para conocerlo, amarlo, guardar sus mandamientos en esta vida y ser felices ahora y para siempre en el cielo que coronará nuestra paz y alegría trascendentes. 

Modos o maneras de vivir nuestra alegría cristiana
En primer lugar, esta alegría en Cristo, no se equipara con las alegrías pasajeras e inquietantes de las pasiones incontroladas y pecados consiguientes. 

Esta alegría se basa y se desarrolla con el ejercicio de nuestra fe, manifestada en las obras de amor y misericordia, tanto corporales como espirituales.

Es la alegría de servir a Dios y a nuestros hermanos, sin acepción de personas y mirando y tratando a todos y cada uno con el amor que rebasa límites y fronteras.

Es la paz y gozo de estar siempre en estado de gracia, cumpliendo la voluntad divina; es vivir en comunión fraterna, sin odios, egoísmos y ventajas meramente personales.

Es la comunión fraterna participando de los bienes que se tengan: pocos, medianos o muchos. Es compartir sufrimientos con los enfermos, con los que no tienen los medios suficientes para vivir y subsistir digna y decorosamente.

Pero también, desplegar nuestras vidas perdonando y sin devolver mal por mal. Es olvidar ofensas y restablecer continuamente la armonía, el buen entendimiento

 Es luchar por la justicia, la verdad y la convivencia pacífica, en un mundo desgraciadamente violento con guerras fratricidas que se dan de muchas maneras. 

Es vivir en paz con Dios, consigo mismo y con nuestros semejantes, cuidando al mismo tiempo el planeta en el cual vivimos y que es patrimonio universal para todos los que lo habitamos.

Exhortación final
Vayamos juntos en esta Navidad que se aproxima para adorar a Jesús en el portal de Belén. Vayamos de nuevo a reconocerlo con nuestra estrella de esperanza puesta en él y abierta a todos los hombres que ama el Señor.

Escuchemos otra vez el canto maravilloso de este santo tiempo: “¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad”, objetos de la vida imperecedera y alegre que el Niño Dios nos ofrece con su humildad y sencillez que lo hacen ser hermano y pastor, prenda de la vida feliz que nos ha conquistado con su amor divino humano, en el hoy de nuestra historia y en la alegría que no muere del cielo!”
 

*Obispo emérito de Zacatecas





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