Monday 20 de February de 2017

Entre rezos y chicharrones

Ricardo González      11 Jan 2017 14:35:08

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Estimado(a) lector este año escribiré una novela, cada quince días recibirá un capítulo, este será un ejercicio de aprendizaje, le pido sea paciente.

“Yo creo Jesús mío que estas en el altar oculto en la ostia te vengo a adorar” cantaba en un trasijado megáfono María –la mujer que siempre presidía las procesiones-. Los cohetes con su clásico silbido y su estruendoso trueno marcaban el ritmo del caminar. Los santos y las vírgenes están ligados siempre a una estación solía decir mi madre. El frío indicaba que el festejado era el mero mero del pueblo.

Caminaba y rezaba o más bien contestaba los rezos, doblaba entre mis manos la gorra de los Dogers que me había regalado mi primo de Los Ángeles. Los tacones de las viejitas de esos que no más se ponen para ir a misa raspaban contra el cemento de la calle. Me preguntaba en mis adentros ¿seré acaso el único crudo que va en la procesión?, de lo que sí estaba seguro que era de los más jóvenes y eso que ya ando cerca de los cuarenta.

Llegando al templo las campanas nos recibían, ¡ora huevones ya levántense! Parecía que nos decían con diferentes voces, unas bajitas como de niño chillón y otras fuertes como mariachi panzón. De la misa esta vez no les platicaré, ya saben persígnate-siéntate-párate-regaño y repite.

Al terminar la homilía fui a la esquina del mercado donde don Luis estaba por sacar los chicharrones. Siempre que llegaba temprano me agarraba de su ayudante. Él llegaba desde muy temprano a prender la leña, montar el cazo y poner los chicharrones. Pero lo que siempre me gustaba era ayudarle a exprimir los trozos de chicharrón.

Fíjense les voy a explicar, para exprimirlos mandó hacer don Luis una como hamaca pequeña, con soga de ixtle tejida como una red y bien amarrada en cada extremo a dos palos, don Luis por un lado y yo por el otro contorsionábamos en direcciones opuestas para que la soga y los chicharrones se arremolinaran, se apretaran entre ellos y soltaran ese líquido amarillento que después al enfriar se convierte en manteca.

Al terminar unas dos o tres rondas de exprimir corría don Luis a tomar de su café, a mí me decía que me daría hasta que termináramos que no quería que se me cruzara con la cruda. Se podía conocer a don Luis desde tempranito que salía de su casa siempre llevaba en la mano su jarro de café, cuando niño siempre su papá tomaba café de olla pero desde que llego “la modernidad” solo usa soluble. Lo tomaba en esos jarros hechos por don Rodrigo.




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