Friday 20 de January de 2017

El oscilar del péndulo

Salvador Lira      22 Aug 2016 01:06:28

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Ramón López Velarde (a la derecha) junto con su tío Salvador Berumen y su hermano Jesús López Velarde (Cortesía)
Ramón López Velarde (a la derecha) junto con su tío Salvador Berumen y su hermano Jesús López Velarde (Cortesía)
En la oscuridad que ofrece el piso de la soledad, Ramón López Velarde realizó una analogía de su vida, junto con sus portentos amorosos, sobre una luz por la resonancia poética de La sangre devota. La imagen propuesta se cifra entre una lámpara, un candil o un péndulo, personificaciones de la andar de la agonía y el baile.

Es interesante resaltar la característica de los círculos u ochos que, en diversas ocasiones, López Velarde propone ante su solitaria condición o bien en la descripción a personajes que le seducen por ello. Si en el ya bastante citado poema A mi prima Águeda se indica el pliegue del desierto amoroso por “Yo era rapaz / y conocía la o por lo redondo”, es en el cintilar de encuentros nocturnos por un flâneur importado lo que imprime el sello radial lopezvelardeano.

La imagen instituida es el péndulo, figura que formula círculos sin aparente mano que lo trace, moviéndose entre el movimiento cíclico de la tierra. ¿Cuál es la razón por la que López Velarde elige esta imagen y otros símiles para cifrarse? En el poema “Nuestras vidas son péndulos”, se argumenta tal circunstancia:
 
Gemían los violines
en el torpe quinteto…
E ignoraba la niña
que al quejarse de tedio
conmigo, se quejaba
con un péndulo.
 
En el poema, la voz poética se pregunta por una “niña” que en un baile le manifestó sobre sus deseos de viajar y le confesó su “tedio”. A ello, se denota una lectura de Baudelaire; un diálogo irradiado por describir lo que se padece, en este caso el Spleen. Como efecto eckfrático, el poeta jerezano detalla el situar de su interlocutora: un boceto lánguido con pendientes de ámbar y un jazmín en el pelo. En el fondo, un vals, característico de las noches del flâneur de la época, peculiar en la zozobra compartida.

La distancia que imprime el péndulo, en su movimiento, emite un punto constante al que nunca llega. Es quizá por esta razón la que la voz poética se resuelve en compartir la soledad y el sitio, al que nunca llegará por los infortunios del destino. De allí, el secreto y el testimonio:
 
Niña que me dijiste
en aquel lugarejo
una noche de baile
confidencias de tedio:
dondequiera que exhales
tu suspiro discreto,
nuestras vidas son péndulos…
 
Dos péndulos distantes
que oscilan paralelos
en una misma bruma
de invierno.
 
Ir y venir entre las avenidas de la voz y los silencios, sobre el ocaso del sol, en penumbras; así se constituye el recorrer lopezvelardeano por la tristeza y la soledad. Es la marejada constante reconocida en otra sed, femenina, que en el oscilar alistan sus puntos de llegada, sin jamás poder arribar.  

 




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