Wednesday 18 de January de 2017

Cuando dos cantinas abastecían al pueblo

Javier Torres Valdez      23 Aug 2016 00:06:12

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Pocos son los que se acuerdan, pero en el Portal Inguanzo existió una cantina mejor conocida como Bar Monterrey; llenó toda una época, pues sólo rivalizaba con ella La Oriental, que se encontraba en la esquina donde ahora existe Regalos Gersy.

La novedad en estos establecimientos era que tenían sendas sinfonolas, en donde por 20 centavos interpretaban la canción escogida, haciendo el deleite de los que estaban dentro y fuera de esos negocios.

Eran aquellos tiempos en que no existía televisión ni teléfono, ni servicio eléctrico; los que tenían radios de baterías eran los únicos que podían escuchar los programas de la W, música y noticias.

Los discos que usaban estos aparatos eran aquellos grandes y pesados de 78 revoluciones por minuto.
Cuando había un éxito, había que comprar tres o cuatro del mismo para reponer el que se “rayaba” de tanta tocada.

El servicio eléctrico sólo existía de 7 a 12 de la noche; su voltaje era escaso y, en ocasiones, los focos daban una mortecina luz que hacía lucir tétrico al pueblo.

Don José Huízar y don Enrique Acevedo, siendo personas con imaginación adquirieron pequeñas plantas de luz, con las que alumbraban sus negocios y ponían en funciones sus sinfonolas. Estos antros estaban llenos diariamente porque eran los únicos lugares donde se podía consumir cerveza, pues fue hasta el sexenio del presidente de la República Miguel Alemán Valdez, cuando se autorizó la venta en tiendas de abarrotes y farmacias.

Esto produjo entusiasmo entre los miembros de la Cámara de Comercio en Pequeño: indudablemente vieron aumentar sus ingresos, mientras que los bares empezaron a vender menos.

En cada pilar del portal mencionado existía una vendedora de tacos, enchiladas, o pollo con papas; quienes deseaban consumir pozole o birria debían acudir al Portal de las Palomas, allá en la Plaza Tacuba.

Las dueñas del puesto eran auxiliadas por jóvenes mujeres quienes, en ocasiones, llegaban a otra clase de arreglos con los clientes. 

Como tampoco había bandas, en ese portal no se organizaban bailongos con mujeres clandestinas, como ahora. Eran mejores tiempos pues ni siquiera había prostitutas callejeras, las pocas que habían se concentraban en El Oasis, en la penúltima cuadra de la calle Libertad. Hoy, lamentablemente, existen en el Jardín Principal, Jardín Hidalgo y Plaza Tacuba.

En las cantinas eran populares “los changos”, tequila con coca; “las cubas”, ron con coca; “los  submarinos”, una copa de tequilla dentro de un vaso, que se terminaba de llenar con cerveza, y los tragos “de a nada”, cocteles que se hacían con sobras de los demás clientes y eran la bebida de los borrachines que no alcanzaban a juntar un peso para tomarse “un chango”. 

Cuando algún cliente se ponía necio por los tragos le servían “la de la casa”, un coctel de ginebra con tequila y vodka al que le agregaban dos o tres cucharadas de azúcar.

También vendían “las medias cuadras”, una mezcolanza que compraban los que no tenían dinero para comprar varios tragos; les llamaban así porque decían que quien se los tomaba no alcanzaba a caminar más que media cuadra.

Pasaron algunos años y se instaló Bonifacio Colmenero con su cantina, que rápidamente se hizo popular por sus ricas botanas y el incomparable “caldo de oso”: caldo de camarón con un exquisito condimento que hacía que los clientes pidieran “las otras”.

Cuentan que después de la Revolución Maderista y antes de la Cristera hubo cantinas para “los catrines”: quienes vestían trajes con polainas y sombrero de bombín o carrete. En suerte me tocó conocer a varios miembros de la familia Varela, que siempre vistieron con elegancia y buen gusto: su guardarropa era adquirido en los grandes almacenes de la Ciudad de México.

Don Carlos Acevedo fabricaba algo que decía era mezcal, pero que los catarrines bautizaron como “guachicol”; era un 20% de verdadero mezcal, otro 20% de alcohol de caña y un 50% de agua; metía la mezcla en barriles de madera y le agregaba varios lazos de lechuguilla, para que “agarrara sabor”; costaba 40 centavos el vaso de “veladora”. Como verán, aficionados al “chupe” siempre habrá, hubo y hay.




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