Tuesday 28 de February de 2017

Cristo nos pide que compartamos los bienes que tengamos con los semejantes pobres y necesitados

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      25 Sep 2016 00:03:51

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(Cortesía)
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Introducción

Nuestra homilía de este día, con su enseñanza y compromiso consiguiente, nos hace despegar del ambiente que vivimos en nuestras sociedades, en las cuales se dan circunstancias muy complejas, tanto positivas como negativas.

En estos tiempos con el avance de las ciencias con sus investigaciones y frutos que se recogen para la humanidad que habita el planeta, se pueden multiplicar los bienes materiales, espirituales y morales.

La tierra en la cual vivimos y nos desarrollamos, ofrece una riqueza inimaginable de recursos, que bien aprovechados pueden cubrir las necesidades y requerimientos que los hombres tanto necesitan para satisfacer todas las necesidades para la subsistencia digna y decorosa de las generaciones que se suceden unas a otras con un legado y tradición patrimoniales, de cultura tanto particular como universal.

El Papa Francisco nos ha hecho ver que el uso correcto, con espíritu cristiano de justicia para todos que tenemos como “casa común” esta tierra en la cual Dios nos ha colocado, alcanza a cubrir abundantemente para todos los hombres de los diversos países, lenguas y modos de vivir, bienes, que producidos con el trabajo humano, satisfagan las exigencias del desarrollo de los pueblos, si es que como hermanos aprendamos a compartir con generosidad y sin repliegues egoístas, todos los bienes para el crecimiento integral de los hombres, de acuerdo a la dignidad común y universal de las personas, hechas a imagen y semejanza de Dios.

Hoy, el evangelio y demás lecturas de este domingo, nos cuestionan acerca de qué manera estamos obteniendo y compartiendo los bienes que tengamos, con nuestros semejantes y de manera muy particular con los pobres y necesitados. Entremos, pues, ahora al corazón doctrinal de nuestra homilía de este domingo.

Los peligros de la riqueza 

La parábola del evangelio, según San Lucas, contiene si nos fijamos en ella, tres cuadros, a saber: situación en vida del rico Epulón y del pobre Lázaro; cambio de situación de ellos después de su muerte y el diálogo del rico Epulón con el patriarca Abraham.

Si empezamos a ahondar en esta parábola del evangelio, nos daremos cuenta, que la suerte final más allá de la muerte, de Epulón y Lázaro, no se debe exclusivamente  a su condición humana social, sino a sus actitudes personales. El rico no se condena por el mero hecho de ser rico, sino porque no teme a Dios, de quien hace a un lado, y sobre todo, porque se niega compartir lo suyo con el pobre que se está muriendo de hambre y enfermedad en la puerta de su propia casa.

Epulón es un fiel exponente del consumismo egoísta sin límites; que desgraciadamente se da en la cultura materialista en nuestros días y en todo el mundo. Tampoco Lázaro se salva simplemente por ser pobre, sino porque está abierto a Dios y espera  de “quien hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos, ama a los justos y sustenta a los huérfanos y a las viudas, transformando el camino de los malvados” (salmo responsorial de hoy).

Cristo nos quiere continuamente enseñar la peligrosidad de las riquezas, especialmente las materiales como el dinero, para que no existan apegos desordenados y egoístas que cierren la apertura al diálogo con amor entre las personas y en las diversas vocaciones y estados de vida particular.

El dinero debe ser conseguido y usado a base de sacrificios y renuncias para que sirva para el bien y para valores más altos y espirituales, sobre todo.

El dinero no es un fin en sí, es medio que se subordina para alcanzar otros bienes más elevados y que dignifican mejor a las personas en su generosidad y apertura hacia los demás y al mismo tiempo para con Dios supremo Señor de quien vine todo don y dádiva perfecta.

Conclusión

Está claro, que con la gracia de Cristo, debemos superar el egoísmo y la dureza del corazón que impiden aceptar a los demás, participarles de nuestros bienes y desterrar de nuestras vidas la actitud del rico Epulón.

Y en cambio, optar por tener la humildad y sencillez del pobre Lázaro que confió plenamente en Dios su salvador. Todo esto requiere una verdadera conversión; es preciso escuchar de veras la palabra de Dios, formulada tanto en el Antiguo Testamento  como en el Nuevo.

Es necesario escuchar la palabra de Jesús que nos llama, precisamente a la conversión profunda del corazón con esta parábola que hemos contemplado y que ahora debemos practicar en nuestras vidas personales y comunitarias.

De esta manera con la oración, los Sacramentos y con los dones del Altísimo, llegaremos a ser felices ya en la tierra y luego para siempre en el cielo, donde Lázaro y los santos nos recibirán en las moradas eternas ¡Que así sea!
 
*Obispo emérito de Zacatecas





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