Sunday 19 de February de 2017

Amar a Dios y a nuestros prójimos, es tener vida y dar vida 

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      9 Jul 2016 19:59:23

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LA IGLESIA NOS ENSEÑA a amar a Dios y a nuestros hermanos por encima de todas las cosas.  (Cortesía)
LA IGLESIA NOS ENSEÑA a amar a Dios y a nuestros hermanos por encima de todas las cosas. (Cortesía)
Introducción
Cristo es la sabiduría encarnada que se ha hecho hombre uniéndolo a su persona de Hijo de Dios. 
Esta sabiduría es el conocimiento divino humano de Jesús quien nos muestra el camino para tener vida en abundancia, que en su esencia íntima es el amor que nos impulsa a darla o compartirla con nuestros prójimos en quienes hemos de conocer, amar y servir al mismo Jesucristo.

Hoy la Iglesia nos enseña la sabiduría del amor en su doble vertiente: Amar a Dios por encima de todas las cosas y a nuestros hermanos, sin acepción de personas, porque todos somos iguales a los ojos de Dios, con la misma imagen y semejanza que hemos recibido por creación y por elevación al orden sobrenatural de la gracia. 

Todos somos hijos adoptivos del Padre, por Cristo, su Hijo, el primogénito y el predilecto en quien Dios ha depositado sus complacencias, participando su vida y su amor en cada uno de los hombres con el sello y fuego del amor del Espíritu Santo.

Con estas consideraciones podemos pasar al cuerpo doctrinal y práctico de las enseñanzas del día, teniendo como punto de partida las lecturas bíblicas de este domingo que dan sentido profundo a la liturgia de la palabra que eucarísticamente estamos celebrando.

Amar a Dios y a nuestros prójimos, es tener vida y dar vida
El evangelio de este domingo consta de tres secciones de manera ascendente: 1ª. Preguntas de un doctor de la ley de Moisés a Jesús. 2ª Parábola del buen samaritano, exclusiva de San Lucas, 3ª Devolución de la pregunta por Jesús al letrado de la ley, como conclusión y aplicación de la doctrina explicada por la parábola.

Podemos decir efectivamente que el amor a Dios y a los semejantes, es el contenido esencial de la ley, que cobra plenitud con Cristo.

Reflexionemos en la parábola del buen samaritano: un fariseo, escriba o doctor de la ley se presentó a Jesús para ponerlo a prueba o tenderle una trampa: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”.

A esta pregunta Jesús  responde en forma indirecta, porque él no quería entrar en polémica o discusión con el perito de la ley, mucho menos ser juzgado como en un riguroso examen ante el complejo de múltiples leyes de Moisés, para determinar qué mandamientos son los más importantes en orden a conseguir la vida eterna.

Por eso da como respuesta una nueva pregunta. “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿qué lees en ella?”. Y el versado en la ley le responde: “Amarás al señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”.

Y el fariseo al contestar perfectamente recibe de parte de Jesús su aprobación: “Has contestado bien”. Y le precisa, haciéndole ver que debía dar un salto de la teoría a la vida práctica: “Si haces eso, vivirás”.
Pero el doctor de la ley insiste en sus preguntas: “¿Y quién es mi prójimo?”.

Esto respondió a Jesús este fariseo, porque en la cultura de Israel los prójimos son los hermanos de ese pueblo y no los extranjeros, o aquellos que apartados de la ley por no cumplirla se consideraban como enemigos y se les rechazaba duramente.

Nuestro señor contestó a las inquietudes del doctor de la ley para saber, quiénes son nuestros prójimos más allá de los límites estrechos y cerrados de lo que la cultura civil y religiosa de Israel precisaba.
Fue entonces cuando Cristo enseñó la sorprendente parábola que hoy hemos escuchado en el evangelio de Lucas. Aquí hago sencillamente una pequeña síntesis de ella.

Un pobre hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones que lo asaltaron, lo robaron y lo hirieron dejándolo a la vera del camino medio muerto. Por ese camino pasó primero un sacerdote el cual lo vio y pasó de largo.

De igual modo un levita, que también vio al desdichado y pasó de largo. Pero un samaritano, que según la cultura y el comportamiento entre judíos y samaritanos, no se aceptaban y se rechazaban unos a otros discutiendo que al único Dios verdadero que ambos aceptaban: los samaritanos creían firmemente que se le debía adorar en el monte Jarizim en Samaria; mientras que los judíos afirmaban que solamente en el Monte Sión de Jerusalén.

La parábola nos describe con detalle todo lo que hizo el buen samaritano por el pobre judío que fue asaltado por los ladrones.

Todas las acciones del buen samaritano fueron un despliegue de caridad  y generosidad sin importarle los recursos a favor del pobre asaltado y sobre todo el tiempo y la dedicación personal a pesar que iba de viaje.

Cuando Jesús acabó el relato de su parábola, preguntó al doctor de le ley: “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?.

El doctor de la ley le respondió. El que tuvo compasión de él. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”.

Exhortación conclusiva 
Hermanos: Cristo mismo es el Buen Samaritano que ama a la humanidad caída; su persona y su ejemplo nos están enviando continuamente al mundo en misión constante de amor; un amor que da vida en abundancia, más allá de toda condición que pueda separarnos de nuestros hermanos en sufrimiento.

¡Que Jesucristo nos dé su gracia y su poder para que lo imitemos y lo sigamos desde este mundo y para siempre gozando en el cielo con él y todos los ciudadanos del cielo!





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