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Cosas de Jerez
Los tiempos de cada quien, siempre serán los mejores
Javier Torres Valdez
~
01 de Febrero del 2016 21:43 hrs
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Liga Corta




En ocasiones resulta exagerado y terriblemente confuso decir que todo tiempo pasado fue mejor, para las generaciones actuales, sus vivencias y su tiempo siempre resultarán mejores, porque no han conocido otras y por lo tanto no pueden establecer comparaciones.

Para quienes llevamos a cuestas un regular cargamento de años y que hemos vivido diferentes épocas, resulta fácil mencionar que otros tiempos fueron mejores y claro que tiene que ser así, pues en otros tiempos éramos jóvenes que soñábamos despiertos, queriendo componer el mundo a nuestro particular antojo.

Lo que sí no se puede negar es que, a pesar de las limitaciones de aquellos años y a su falta de tecnología había personas, cosas y circunstancias, que definitivamente eran mucho mejores.

La convivencia armónica con la naturaleza de la gente de aquellos años permitía vivir sanamente, la contaminación ambiental casi no existía, la poca basura que producía el pueblo era biodegradable, no existían los envases de plástico, ni los químicos, ni los insecticidas y pesticidas, pues por aquellas fechas, cuando relativamente hacía poco tiempo, había terminado la Segunda Guerra Mundial, en los Estados Unidos de Norteamérica, apenas se empezaba a usar el DDT, substancia que se decía que multiplicaría las cosechas, pues acababa con todo tipo de plagas existentes.

Jerez tenía poco más de 15 mil habitantes y había quienes soñaban en que el pueblo llegara a tener 20 mil para que le dieran la categoría de ciudad, aunque por aquellas fechas se le hubiera cambiado el nombre a Ciudad García, más tarde fue Jerez de García Salinas, pero siempre ha sido y será, simplemente Jerez.

El pueblo estaba rodeado por frondosas alamedas, mismas que sirvieron para darle nombre a las vialidades donde se encontraban, así quedó el nombre de alameda sur, aunque solo haya tres o cuatro álamos, pero había lugares con extensa fronda, grandes mezquiteras y numerosas represas o lagunas.

Pasando el río Grande, existía una represa conocida con el nombre de “la lagunita”, al manto acuífero, bajaban en el invierno patos canadienses, garzas y unas aves a las que la gente de la región llamaba “gallaretas”.

Era frecuente que las familias del pueblo organizaran comidas campestres y la verdad es que no tenían que ir muy lejos, pues al poniente tenían numerosas huertas, al norte los bellos parajes de la exhacienda de Ciénega, al oriente el vaso de la lagunita rodeado de mezquites.

Se decía en aquel tiempo que la lagunita detenía “los bajíos” y los excedentes del Tanque de San Juan y sus aguas permitían regar los terrenos donde ahora se asienta la colonia San Francisco.

Los terrenos de las instalaciones de la feria, en aquellos años, eran unos espléndidos maizales, atendidos por Juan Santoyo Quezada, quien rentaba la superficie a la SARH, dichas siembras se extendían hasta el lado sur del puente.

El paisaje urbano era el típico de los pueblos mexicanos, lamentablemente ha ido cambiando, llenándose de letreros en idioma extranjero, anuncios de cerveza, refrescos, galletas, alimentos chatarra y “graffiti”.

Jerez estaba prácticamente incomunicado, apenas se hacían trámites para instalar los primeros 30 teléfonos y una caseta de larga distancia y cuando alguien quería hablar a cualquier punto de la república, tenía que armarse de paciencia y estar horas y horas esperando la comunicación.

No había televisión, ni siquiera había luz eléctrica, quienes tenían radio de pilas era común que juntaran a numerosas personas ávidas de escuchar la noticias nacionales por la “W”.

Quizá ese era su encanto, la juventud practicaba con entusiasmo el deporte, pues no había otra distracción, excepto el billar y el cine, para las chicas, el jardín o la nevería, ahora aunque da pena decirlo, hay jovencitas que podrían darle ventaja a los hombres en eso de empinar el codo.

Y por qué no decirlo, la única coca, que se conocía era esa que se vende embotellada.

La tranquilidad era tal, que bastaban seis policías para tener “controlado” el pueblo y dichos policías eran controlados a su vez por el cacique de la localidad, quien dominaba el pueblo.

Los políticos buscaban el poder por el poder mismo, porque no había nada que pudieran robarse, sencillamente, quizá solo podían cargar con las multas que por borrachera se le aplicaban a quienes se les pasaban las copas en la calle.