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El Día del Señor
¿Quién es Cristo para aquel que lo ame y lo siga?
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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17 de Septiembre del 2018 18:20 hrs
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Liga Corta




Cortesía / Jesucristo es sinónimo de fe, esperanza y amor para los católicos.

En este domingo el evangelio de San Marcos plantea una pregunta básica e imprescindible: ¿Quién es Cristo para todos los hombres redimidos por él y especialmente para los cristianos llamados siempre a conocerlo, amarlo y seguirlo hasta la muerte y muerte de cruz para luego resucitar con él, ya desde este mundo por medio de la gracia y su imitación y luego recibir el premio de nuestra feliz resurrección de entre los muertos?

Es decisivo descubrir y recorrer el velo ante nuestra mirada de fe, acerca de la persona, misión y obra salvadora del Hijo de Dios hecho hombre.

Porque Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres, quien al cumplir la voluntad divina, nos abre el camino que conduce seguro al encuentro con el Padre e iluminados por la acción y energía fecundas del Espíritu Santo.

Hemos de responder hoy y para el futuro de nuestras vidas selladas por el bautismo que nos configura con Jesucristo, quién es el Señor que se entregó por todos y cada uno y qué respuesta debemos darle, porque a nosotros, como a sus primeros discípulos, se nos hace definitorio: ¿Quién es Jesús nacido en Belén de Judá y residente en Nazaret con María y José, miembros de su familia? Tratemos, pues, de dar la respuesta a la pregunta que el mismo Jesús dirigió a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.

El pasaje evangélico de este domingo, según San Marcos, se considera un momento culminante en el proceso de la revelación del gran misterio de Cristo.

En el texto se distinguen tres partes, dirigidas las dos primeras a los discípulos, y la tercera a ellos y a la gente conjuntamente.

a) La primera parte tiene un lugar paralelo con San Mateo y San Lucas.

Pero debemos considerar atentamente que es en la versión de San Mateo donde el apóstol Pedro adquiere un protagonismo más relevante con el primado eclesial: punto importante que falta en San Marcos y en San Lucas. Jesús interpela a sus discípulos cuando juntamente con él, se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo.

Por el camino les hizo esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Sus discípulos respondieron luego: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros que Elías; y otros, que alguno de los profetas”.

b) Entonces él les preguntó a boca de jarro: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro le respondió: Tú eres el Mesías. Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie”.

c) “Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.

Todo esto lo dijo con entera claridad”. Pero Pedro no aceptó esta revelación de Jesús. En su concepción del Mesías que el pueblo de Israel tenía acerca del enviado de Dios para salvar a los hombres, era como un líder meramente temporal y político. En esa mentalidad que tenían incluso los discípulos de Jesús, no cabía de ninguna manera aceptar la personalidad del Mesías, el enviado por Dios, como siervo sufriente y humillado hasta la muerte y muerte de cruz.

Por eso Cristo respondió dura y severamente a Pedro que se apartara de él, diciéndole: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

 

¿Quién es Cristo para nosotros si de verdad lo conocemos?

Jesús es la fuente de la vida como Dios y como hombre. Ha querido rescatarnos de nuestras miserias espirituales y corporales.

De diversos pueblos, él desea unir a todos con la medida de su amor y nos da su gracia y su poder para que los hombres nos amemos unos a otros como él nos ha amado.

Teniendo estas verdades en cuenta, nos ilumina el evangelio de hoy con las siguientes palabras: “Después llamó a la multitud y a sus discípulos y les dijo: El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga.

Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará”.

Debemos entender y vivir este llamamiento de Cristo. Dios Padre no se ha complacido con el sufrimiento y muerte de su Hijo amado, sino en su amor, entrega y obediencia para la salvación de los hombres, porque a fin de cuentas, Dios no ama el dolor y la muerte como tales, sino la vida que en su plenitud es precisamente la resurrección de Cristo y nuestra participación en ella, afrontando en nuestro tránsito por este mundo, la renuncia egoísta y el apego desordenado a los bienes materiales y espirituales, que nos atan y obstaculizan nuestro caminar con Jesús.

Nuestra libertad está en juego cuando el Señor nos llama para seguirlo.

La libertad deberá ser normada e impulsada por el amor a

Dios y a los hermanos como la plenitud de la ley cristiana. Se trata de una entrega personal que realiza nuestra comunión con Cristo, su Iglesia y la humanidad entera, quedando asociada a esta entrega, la creación subordinada a la realización humana en la historia y para la eternidad.

¡Conocer a Jesús a partir de su palabra que resuena en su Iglesia, alimentará nuestro amor a él y a nuestros prójimos y entonces, podremos seguirlo por la vía dolorosa, expresión suprema de amor, hasta conquistar el gozo permanente de nuestra feliz resurrección de entre los muertos, con la Virgen María y todos los hermanos de la Iglesia triunfante!...esta es nuestra fe y nuestro camino, que orienta con gozo de paz, los días de nuestra existencia.