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Cuando es inevitable
Antonio Sánchez González
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14 de Septiembre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Imagen / Experiencia humana.

Durante siglos, el cristianismo escribió el guion de cómo los occidentales debemos lidiar con la muerte: la confesión, la extremaunción, los portadores del féretro, la presentación obligatoria ante el altar, el entierro, la lápida, las imágenes de ángeles. Sin embargo, esa visión estereotípica de la muerte, como una estatua cubierta de musgo y dañada por la intemperie se está desmoronando.

Los funerales tradicionales están disminuyendo en popularidad (hasta el punto en que las iglesias lamentan esta tendencia), a favor de alternativas como entierros verdes y la cremación. Los funerales humanistas y los celebrantes seculares son cada vez más comunes, haciéndose eco de una tendencia que también está ocurriendo con las bodas.
A medida que las generaciones más jóvenes se alejan de la religión, occidente se está volviendo cada vez más secular y está experimentando un cambio radical en las tradiciones y los rituales que rodean la mortalidad.

Muchos ven este cambio no como algo para lamentarse y en lugar de seguir un script escrito hace centurias, crean rituales propios y eligen cómo quieren ser recordados. Ahora podemos diseñar funerales que enfaticen el bien que hicimos, los momentos que hicieron que nuestras vidas tuvieran sentido y los recuerdos y lecciones que queremos heredar.

En lugar de los mismos pasajes bíblicos, podemos tener lecturas de cualquier libro, poema o canción en todo el amplio tapiz de la cultura humana. En lugar de luto, tristeza y sermones sobre el pecado, podemos tener celebraciones alegres acerca de la vida de la persona fallecida.

Pero el advenimiento del humanismo no solo influye en cómo se ven los funerales: está cambiando la forma en que morimos. Durante siglos, cuando la palabra de la iglesia era ley, el suicidio se consideraba pecado mortal. Incluso hoy, algunos estudios médicos encuentran que una devoción religiosa más ferviente se correlaciona con un mayor deseo de intervención agresiva y médicamente fútil al final de la vida.

El caso más famoso en los últimos años fue el de Brittany Maynard, una mujer de 29 años con cáncer cerebral terminal que decidió terminar su vida en 2014 bajo la ley de muerte digna de Oregón. La historia de Maynard puso un cariz de comprensión al movimiento impulsor del derecho a morir, que resultó decisivo cuando el gobernador de California, Jerry Brown, un exseminarista jesuita, firmó un proyecto de ley similar al año siguiente a pesar de la presión de los grupos religiosos, haciéndose eco del valor de la autonomía y la libertad del sufrimiento: “su circunstancia me hizo reflexionar sobre lo que querría frente a mi propia muerte”, escribió Brown en un mensaje, “no sé lo que haría si me estuviera muriendo de un dolor prolongado e insoportable”, agregó.

En buena parte del mundo, los acérrimos adversarios del derecho a morir son iglesias y creyentes que afirman que el tiempo, el lugar y la forma de la muerte de cada persona son elegidos por Dios, y que no tenemos derecho a cambiar eso sin importar el costo humano.

Y, sin embargo, casi sin previo aviso, este grupo se vuelve minoritario. Las encuestas de Gallup ahora encuentran que hasta un 70% de los ciudadanos de occidente respaldan el derecho a elegir ayudarse a morir. Esta posición implica que, cuando las personas están sufriendo sin esperanza de recuperación, se les debe permitir terminar sus vidas sin dolor, con ayuda médica, en el momento que elijan.

Esta, también, es una concepción profundamente humanista de la muerte. Surge de la idea de que el sufrimiento innecesario es el mayor mal que existe y que la autonomía es el valor supremo. Si somos los dueños últimos de nuestras propias vidas, entonces tenemos el derecho de dejarlas cuando juzguemos que se han vuelto insoportables.

Aun cuando los ornamentos religiosos permanecen en nuestros rituales y actitudes en torno a la muerte, la sociedad está adoptando el punto de vista humanista sobre la mortalidad, sin temer ni negarlo, sino que lo acepta graciosamente como parte inevitable de la experiencia humana.