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Sigifredo Noriega Barceló
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01 de Agosto del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Domingo 17vo. del Tiempo Ordinario. Ciclo B.

“Jesús distribuyó el pan a los que estaban sentados, hasta que se saciaron”, Juan 6,1-15.

No hay gesto más familiar que sentarse a la mesa con los suyos para compartir el pan. Pero cuando los invitados son personas que no están en la lista de los amigos y familiares, el gesto adquiere un sabor trascendente: la mesa se convierte en templo de fraternidad y altar que continúa el saludo de paz eucarístico. Entonces compartir el pan se hace sacramento y la mesa común profecía de un mundo más humanizado.

El Evangelio de Jesucristo siempre es buena noticia. Durante estos días hemos escuchando el plan maravilloso de Dios que incluye no sólo la necesidad de compartir el pan sino también a Jesucristo, Pan Vivo, el único capaz de saciar toda hambre y calmar la sed más profunda del ser humano.

En este domingo pasado encontramos los elementos básicos que preparan y disponen lo necesario para que el gesto del compartir llegue a ser fuente de vida terrenal y vida eterna. El escenario donde Juan sitúa la multiplicación de los panes es la montaña y una multitud de gente necesitada y hambrienta. Montaña y gente necesitada son dos realidades que pueden atraerse e implicarse. Dios, nuestro Padre, no obliga a sus hijos a subir a la montaña, ni a buscarlo. El gesto de invitarlos a sentarse para comer es un signo de libertad y de seres con dignidad. La fe en Dios (encuentro en la montaña), cuando es auténtica, dignifica y hace posible el milagro permanente de la multiplicación.
Ni la fe, ni el milagro son cosa de magia. Jesús interactúa con Felipe y Andrés. Pide opinión al realista Felipe y atiende la agudeza de la fe de Andrés. Jesús “sabía lo que iba a hacer”, añade el evangelista. Partir, compartir y repartir el pan es asunto tan importante que involucra necesariamente a los discípulos en comunidad.

“Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados”. Cuando la fe en Dios se hace amor concreto hay soluciones a la vista. Jesús se encarga del resto; sabía y sabe lo que iba a hacer y lo sigue haciendo. El amor divino no tiene límites, alcanza para todos. Nosotros pensamos en sumar y restar; Dios, en cambio, ‘piensa’ en multiplicar. El milagro de los panes y los peces se produce cada día en la mesa/hogar familiar, en la Eucaristía... siempre que compartimos en la montaña (fe en Dios) con la gente más necesitada. Jesús parte de lo poco o mucho que tenemos para hacerse presente en las mesas de la vida. Con razón nuestros padres/catequistas nos han enseñado a participar asiduamente en el altar de la Eucaristía y a pedir el pan nuestro de cada día. Cuando todo esto sucede, el cielo nuevo y la tierra nueva son la realidad visible del Reino de Dios en medio de nosotros. Entonces, compartir el pan se convierte en gesto divino.

Los bendigo desde el altar del templo parroquial de Granados, Sonora...y desde la mesa familiar del hogar que Pablo y Josefina formaron hace 73 años.