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El Recreo
El poder del consumidor, nuestra arma
J. Luis Medina Lizalde
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21 de Junio del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




No nos equivoquemos, la crueldad contra los inmigrantes latinoamericanos y mexicanos, en particular,  que en estos momentos nos lastima con la separación de niños de sus padres,  no obedece a los rasgos de personalidad de Donald Trump, de ser así, la barbarie tendría fecha de caducidad, pues la padeceríamos durante ocho años y eso si  los norteamericanos lo reeligen, pero no es así, las relaciones que los Estados Unidos establecen con buena parte de los países, son relaciones de opresión, de despojo y explotación, para ello se sirven del control del flujo noticioso mundial que aunque en proceso de deterioro, aún marca la agenda en provecho de los intereses de la élite norteamericana.

 Un ejemplo nos permite entenderlo: Venezuela tiene petróleo y Nicaragua no, Venezuela tiene una élite inconforme con el régimen de Maduro y Nicaragua tiene una crisis que  derrama  sangre joven.
 Daniel Ortega surgió  de una revolución popular izquierdista  que traicionó por ambición.  Maduro es heredero político de Hugo Chávez, militar de izquierda, ¿Por qué la guerra mediática  se ensaña con Maduro  e ignora al autoritario Ortega?  Porque Venezuela tiene la mayor reserva mundial de petróleo y Nicaragua no,  nada más por eso. 

Hay que reconocer en estos tiempos de antipriismo exacerbado que hasta con López Portillo (1976-1982) México se defendía de los gringos como gato boca arriba, inclusive cuando fuimos gobernados por individuos que con la desclasificación de archivos del Pentágono resultaron agentes de la CIA  (Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría)  debido a que el estado había sido diseñado para preservar la soberanía nacional siempre amenazada.

“Héroes” de la dependencia el desarrollo produjo generaciones de elitistas aspiracionales deslumbrados por Harvard y demás  sitiales  de consagración académica  que los Estados Unidos ofrecen a las élites de los países principalmente del tercer mundo para, además de educarlos con excelsitud, de paso introyectarles una visión del mundo, una noción de modernidad que los convierte en agentes de cambio hacia las directrices del Consenso de Washington para que al acceder a niveles de decisión en sus países de origen, sean eficaces y acríticos de los mandatos del Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial.

El estrujante llanto de los niños separados de sus padres inmigrantes en infames campos de concentración registrados en un video que conmueve al mundo  nos hace tomar conciencia de lo empequeñecido de nuestro gobierno ante las presiones gringas.

La élite tecnocrática cumplió la tarea de desmantelar todo lo que pueda estorbar a las trasnacionales.  Se reformaron las leyes para que dispusieran de nuestros recursos naturales, se cancelaron las materias de educación cívica, se estigmatizó como signo de atraso todo lo que huele a nacionalismo en la economía, se satanizó la economía mixta que tanto sirvió al desarrollo industrial y comercial y se reservó el mes de septiembre y el futbol para el desfogue de nuestros ímpetus patrióticos cantando “Cielito lindo” en los estadios extranjeros enfundados en verdes camisetas y gritando ¡Viva México cabrones!  Estimulados por un buen mezcal.

Al mismo tiempo las élites gobernantes en los estados y la Federación se van de shopping a San Antonio, Texas;  ya no esperan a que sus hijos concluyan una carrera,  desde niños los inscriben en escuelas gringas para que aprendan inglés, las vacaciones se disfrutan en Las Vegas en pareja y con niños en Disneylandia.

Los gobernantes se acostumbran a que los gerentes de las mineras les truenen los dedos para que en su interés usen la fuerza pública en “defensa del Estado de Derecho” cuando entran en conflicto  con los nuestros.

Peguemos donde duele

Los pueblos se aman a sí mismos, la emoción patriótica siempre está ahí, como motor de memorables hazañas colectivas  o como instrumento de las peores causas. El discurso modernizante de las élites tiende a minimizar raíces y a exaltar lo extraño en su patológica adicción por “la distinción”, sus victorias culturales sobre las identidades colectivas son pasajeras porque en cualquier momento se despierta el sentimiento de los propio, de los que somos, de lo que queremos seguir siendo, impulsemos el boicot comercial a los productos y establecimientos gringos, allí si duele.

Compremos lo hecho en México por mexicanos, regresemos a la tiendita del barrio.
Si Peña fuera otro, usaría las convenciones diplomáticas para resistir a Trump, llamaría a cuentas al embajador norteamericano en nuestro país, enviaría una nota diplomática, retiraría a nuestro embajador y de ser indispensable, rompería relaciones diplomáticas con el bárbaro del norte pero sabe que le falta fuerza, voluntad y conciencia.

El patriotismo nunca pasa de moda como nos inducen a pensar los que ven a las patrias del mundo como botín de imperios.

Que siempre sea Septiembre
Nos encontramos el lunes en El Recreo