×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



Crónicas de violencia
Vivir con miedo; la secuela un crimen
Lilith Rivera
~
09 de Mayo del 2018 05:00 hrs
×


Compartir



Liga Corta




Archivo / Las niñas fueron testigos de un homicidio que les arrebató la tranquilidad.

Edith y Perlita (a quienes nombraremos así para proteger su identidad) eran hasta el año pasado dos niñas preocupadas solamente por jugar y cumplir con sus tareas. 

A Perlita lo único que le quitaba la sonrisa era aprender a leer y a escribir, pero por lo demás era como cualquier niña de 5 años, mientras que para Edith, un par de años mayor, su única tristeza era no ver a su abuelito todos los días. 

Ellas, aficionadas al futbol por ejemplo de sus padres, solían ser la principal porra de su papá que juega como delantero en uno de tantos equipos de futbol local. 

Antes, se mostraban emocionadas cuando su papá iba a jugar y eran las que lo alentaban a que diera todo en el empastado.

Día trágico

Pero hace más de un año, su vida se vio trastocada al salir de un juego de futbol: emocionadas, Edith y Perlita iban con las hijas de otros compañeros de equipo de su papá para llegar antes a su casa.

Sin embargo, la alegría y la algarabía que llevaban en el vehículo en el que se transportaban fue suspendida por un disparo y luego otro. 

Las niñas fueron testigos del asesinato de un joven cerca de un centro comercial “yo voltee y vi cómo alcanzó a caer el muchacho”, dijo Edith. 

Agrega que Perlita comenzó a llorar porque los asesinos se percataron de que los habían visto y comenzaron a perseguirlas o por lo menos eso pensaron ellas; aunque el sonido de las patrullas hizo que los homicidas tomaran otro camino. 

Las pequeñas aseguran que no vieron las caras de los matones, pero sí cómo acabaron con la vida de ese joven, que no tenía más de 20 años. 

Pesadilla interminable

El llanto, el miedo y los nervios que vivieron esa noche aún no lo han superado. 

En un inicio las pesadillas eran constantes y como resultado de ese hecho, ambas pequeñas son muy nerviosas y a la menor alteración en su vida cotidiana comienzan a temblar.


A la fecha, las niñas aún sienten pavor cuando alguien toca a la puerta. 

No les gusta salir de noche y si su papá tarda en llegar del trabajo comienzan a llorar temiendo que le haya pasado lo peor.

La noche se convirtió para ellas en su mayor enemiga, pues les asusta que ocurra otra desgracia similar y apenas se mete el sol, no quieren ni asomarse la ventana.

Ante las preguntas de sus hijas, sus padres les dicen que eso no debería ocurrir y que nadie debe ser verdugo de sus semejantes.

Esta violencia estructural y la falta de valores, antes poco común, está mutando para convertirse en una dolorosa realidad en el país en el que vivimos y se reproduce día tras día en cada uno de los rincones de nuestra nación.