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Crónicas de violencia
Abandona sus sueños por la extorsión
Lilith Rivera
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02 de Mayo del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Archivo / Vendió su tortillería porque le pedían cuota y huyó de su comunidad para protegerse de las amenazas.

Gracias a su esfuerzo de muchos años, Doña María inició su negocio en una comunidad de Luis Moya, cercana a Loreto. En esa comunidad desde hace por lo menos cinco años los habitantes habían denunciado una constante situación de inseguridad. Habían reprochado que los robos eran frecuentes, además de la entrada y salida de personas ajenas que eran perseguidas por las autoridades y que incluso habían tratado de refugiarse en algunas viviendas. 

Extorsión por un negocio

Una pequeña tortillería fue el negocio que emprendió fruto de los ahorros que por varios años realizó con miras de tener un ingreso estable, para ella, su hija discapacitada y un sobrino a quien ella crio como su hijo. 

Sin embargo, nunca pensó que eso, lejos de ser la solución a sus problemas sería el inicio de un viacrucis que todavía padece.

El día en que todo comenzó recordó que ella estaba adentro del establecimiento y, atendiendo el local estaban su sobrino de 28 años y su hija de 40 años, quien no puede hablar. 

“Llegó una camioneta de esas bonitas y se estacionó, venían muchos, pero todos se quedaron, uno se bajó no era muy mocoso, ni muy maduro, le preguntó por mí al muchacho y cuando él le dijo que no estaba, le sacó la pistola y dijo que tenía que darles 10 mil pesos de cuota al mes”. 

Huyen por temor

Con tristeza recuerda que cerró su tortillería, vendió sus borregas, así como la maquinaria “no quedó nada” y se fue a Estados Unidos aprovechando que su hija le había conseguido la residencia, pero solicitó asilo político para su hija discapacitada y para su sobrino, a quien ya habían amenazado con secuestrar. 

Después de que llegaran a una ciudad norteamericana con su hija, apenas arribando se enteró que habían secuestrado a uno de sus hermanos, luego siguió otro y finalmente un sobrino. 

La causa de esto, era que su padre había dejado tierras a sus hijos, que estos vendieron a una importante empresa minera que se asentó cerca de dicho lugar. 

La familia pagó el rescate de cada uno y hermanos y primos terminaron por dejar su terruño; desde el exilio doña Mary reflexiona “cuánto nos pudieron haber dado por las tierras, lo poco o mucho ya se los dimos a ellos”. 

Recuerda también que uno de sus hermanos interpuso una denuncia por el secuestro, pero los plagiarios se enteraron y nuevamente recibieron las amenazas. 

Con tristeza recordó también como se enteró de la desaparición de dos muchachos, a los que luego encontraron en la fosa común, uno de ellos sin cabeza y al otro nadie lo reclamó.

Guarida de delincuentes

Doña Mary no sabe cuándo su bella comunidad pasó de ser un remanso de paz a una guarida de delincuentes. 

Espera no volver nunca, ni ella ni su hija, ni su su sobrino, a quien antes de que se lo llevara a los Estados Unidos lo habían amenazado. 

“Pobre de mi muchachito”, finaliza, “espero que nunca tenga que regresar, ni él, ni mi hija, porque no sé qué les pasaría”. 

Espera que el gobierno norteamericano tenga piedad de su familia y les permita quedarse, porque además ya no tendrían ni a dónde llegar.