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Historias de Lobos
Mi delito... ocultarlo
Ivonne Nava García
~
29 de Abril del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




La violencia familiar es un tema socialmente doloroso pero oculto. Las personas que sufren esto, generalmente no lo dicen. En apariencia y ante todos muestran una cara de integridad familiar y felicidad. En ocasiones hasta los felicitan por lo excelentes padres que son, sin embargo, ocultan su verdadero carácter. 

Esta historia es relatada por una joven mujer que durante su niñez y adolescencia fue constantemente maltratada y golpeada por su padre. Ella no era la única víctima, pero si la que tuvo el valor de salir de ahí y denunciar. 

18 años 

Le grité que me matara pero que ya me dejara en paz. Yo no aguantaba más su furia. Pareciera que nos odiaba. Ese día cumplí 18 años. La verdad había ansiado ese momento toda mi vida. Para mi, llegar a los 18 era la puerta a mi libertad. Estaba segura de que podría irme de esa casa. Yo tendría que hacer lo que tuviera que hacer para lograrlo.

Les pedí permiso para ir a festejar con mis amigas. Me habían invitado a comer y así celebraríamos ese día. A mí me acostumbraron que la mujer no diga nada y que el hombre sea el que manda. Así que fui a decirle a mi papá el plan para mi cumpleaños. 

Retrospectiva

No solo los días de cumpleaños, cualquier fecha especial o no era suficiente pretexto para que mi papá nos pegara, insultara, gritara y terminara rompiendo cosas y haciéndonos mucho daño. Mi mamá nos festejaba a mis hermanos y a mí nuestros cumpleaños sin invitar a nadie más que a la familia muy cercana. El problema era que mi papá siempre se embriagaría de más y la fiesta terminaría en palizas. 

Vivimos sumidos en miedo constante. Mi papá siempre estaba enojado, nos volteaba a ver con odio y en más de una ocasión nos decía a mis hermanos y a mí, que no hubiéramos nacido, que él no quería tener familia porque nada más servíamos de estorbo. Eso me lo decía desde que tenía 6 años. Quizá antes, pero me acuerdo muy vagamente.

Ojos morados 

Al principio solo nos insultaba y nos gritaba, no nos pegaba solo a mi mamá. La agarraba con mucho odio. Era horrible para nosotros de niños ver como mi papá golpeaba de esa manera a mi mamá. Le pegaba con los ganchos de la ropa en la cara, en los brazos y en la espalda. A veces mi mamá caía de rodillas y ahí en el piso “echa bola” la seguía golpeando a puntapiés. 

Mi mamá por lo menos una vez al mes tenía los ojos morados. También le pegaba en la boca y la dejaba con los labios partidos. Cuando yo crecí, empecé a enfrentarlo me le ponía enfrente para que no golpeara a mi mamá. Yo estaba segura de que no me golpearía, pero me equivoqué. Me apartó de con mi mamá con una bofetada y me aventó contra una cama. Esa fue la primera vez que me golpeó. Los insultos me sobraron, aún recuerdo el dolor que sentí, pero sobre todo el miedo.

Familia feliz 

Cuando salíamos a misa mi papá siempre nos trataba muy bien. Nos hablaba con mucho cariño y a mi mamá le hablaba muy bien. Le decían que era un excelente padre. Mi mamá siempre contestaba “es un gran hombre”, no sé porque lo decía. 

A veces ella llevaba gafas para el sol para disimular los ojos morados y aun así se expresaba bien de mi papá. Yo le decía que les dijera lo que le hacía, siempre me contestaba “no me lo van a creer y si se enoja y nos deja que vamos a hacer”. Así que fingíamos ser una familia feliz.

Fracturas 

El día que hice mi primera comunión fue el primer día de los peores de mi vida. Ese día después de la fiesta, mi papá golpeó a mi mamá de una manera muy cruel. Yo vi cómo le rompió un brazo nada más con torcérselo. 

Le grité que no, que la dejara, pero la aventó contra el piso y la pateó. Tenía su brazo suelto del codo para abajo, mis hermanos y yo, como pudimos la llevamos al seguro y ahí mi mamá les dijo que se había caído de las escaleras. Yo le hacía señas para que les dijera, pero ella me decía que no. Le empecé a tener mucho odio y rencor a mi papá. A veces me ponía a imaginar tonterías y me imaginaba que era una luchadora muy fuerte y que lo aventaba afuera de la casa. Otras veces desee que se muriera para que ya nos dejara en paz.

Pesadilla

Se imagina estar esperando a ver de qué lado te va a caer el golpe. En eso se convirtió mi vida porque le reclamé por mi mamá. Le dije que si la volvía a tocar le iba a hablar a la policía. Me dijo riéndose, “háblale a quien te dé tu fregada gana, escuincla de mierda todos me la pelan”.

Desde entonces recuerdo palizas, bofetadas, tirones de pelo o patadas cuando estaba tirada en el piso. Cuando me empecé a desarrollar me pellizcaba los pechos.  

A los golpes se añadía el maltrato psicológico, me decía que era una basura, que no valía nada y me gritaba que era una prostituta. Le tenía mucho miedo, lloraba casi diario porque se acercaba la hora de que él llegara de trabajar. 

Me hablaba para revisarme la tarea y ya sabía qué de ahí, vendrían los jalones de cabello, y los puñetazos en mis manos. Me decía que las pusiera extendidas en la mesa y luego me dejaba caer el puñetazo. 

Al día siguiente no podía escribir y me regañaban en la escuela. Les tenía que decir que me había machucado con la puerta. Siempre estaba muerta de miedo. A veces no quería bajar cuando él me hablaba, pero subía y abría la puerta de una patada. 

Luego le hablaba a mi mamá y la jaloneaba de los cabellos y la agachaba hasta el piso. Luego la pateaba y le decía para que aprendas a educar a tu bastarda.

Así siempre

Fue un maltrato casi sistemático. Diario, a veces con un cable, a veces solo con la mano. Los días de mi cumpleaños eran sus favoritos para tratarme peor que basura. 

Cuando cumplí 15 años, ellos me organizaron una fiesta. 

Yo no quería porque me daba pánico. Le juro que cuando me estaba poniendo el vestido estaba temblando tanto que mi madrina me tuvo que dar un tranquilizante. Nos fuimos a la fiesta y cuando bailé el vals con él, yo me quería morir. 

Me empezó a decir que era su princesa, que me quería muchísimo y que se arrepentía de todo el daño que me había hecho. La verdad estaba muy confundida. Mi papá estaba desconocido. Cuando brindó dijo que yo el motivo de su vida y existencia. 

Al día siguiente me rompió mi vestido a tirones, le grité que no lo hiciera y me abofeteó.

A los 18 no me la iba a hacer igual. Le pedí permiso parta ir a festejar. Igual ya sabía que me iba a maltratar, a golpear y de más. Pero yo ya tenía un plan, mis amigas me estaban ayudando. 

Yo me iba a ir de esa casa para siempre. Si mi mamá no quería yo si lo haría. Me llevaría a mis hermanos uno de 15 y el otro de 13. No sé si fue suerte o que. La mamá de una de mis amigas no solo me ayudó a salir de ahí, sino que me ayudó a que a mi papá lo procesaran. 

Nos está costando mucho trabajo, pero ya estamos tranquilos. Mi papá nunca nos volverá a pegar. Mi mamá esta mejor, toda la familia nos está ayudando. Nadie lo podía creer.

Un problema casi invisible

El miedo es, quizás, el principal eje que permite que la violencia siga su curso en el tiempo. De hecho, se ha estudiado que los miembros de una familia que viven una situación de violencia familiar, en líneas generales, tienen síntomas muy parecidos a aquellas personas que han vivido en un campo de concentración. Es la cultura del terror, del silencio, de la amenaza” El miedo es un factor preponderante pero no el único. También hay una naturalización de la violencia.

 Hay situaciones cotidianas de gritos, discusiones con empujones, bofetadas, denigración, disminución verbal, obligación sexual en el momento que el hombre lo desea, desmerecimiento, órdenes, amenazas y otras tantas situaciones que son vividas y justificadas por las mujeres como algo natural. 

No tiene que ver con género, tiene que ver con conciencia social. Pareciera que las mujeres son las culpables de que las maltraten. Hoy por hoy, todavía hay sensación de impunidad en la sociedad, hay mucho maltrato por detectar. Los maltratos más graves son los sistemáticos, los prolongados en el tiempo. 

El abuso sexual y el maltrato psicológico, o emocional, son los casos más difíciles de detectar, sin embargo, el maltrato físico es latente y ocultado con mentiras ya que son situaciones rodeadas de secreto y en las que la víctima depende mucho de la persona que los perpetra, seres necesariamente cercanos, porque, si no, no se producirían.