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Crónicas de violencia
El precio de la desobediencia
Lilith Rivera
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25 de Abril del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Archivo / El muchacho fue golpeado y estuvo a punto de morir.

Este 10 de mayo, para la mujer a la que nos referiremos como Zenaida, será un día triste como el de los últimos cuatro años, ya que estará alejada de uno de sus hijos, aunque saber que aún está vivo le reconfortará el alma. 

Todavía recuerda la madrugada de aquel fin de semana en el que le avisaron que su hijo estaba tirado, casi muerto, en medio de una calle. 

Ese día, lo tiene claro, tuvo problemas con su hijo, como los había tenido en los últimos tiempos, pues el muchacho ansiaba salir a divertirse y estar de fiesta; de manera que ella tratando de imponer su autoridad como madre se lo negó, pero para el joven fue más fácil salirse y aplicar la de “más vale pedir perdón que pedir permiso”.  

Ese día, ya había quedado de salir con sus amigos para dar la vuelta, como se hace en ese pueblo, bebiendo licor y escuchando narcocorridos, después terminarían en una cantina y a ver dónde los hallaba la luz del sol. 

 

La fiesta

Pedrito, como le decían, no había terminado la preparatoria, pues la escuela nunca le gustó y por más esfuerzos que hizo su madre, éste nunca se interesó. 

Para darle una lección de vida, doña Zenaida, le advirtió que al dejar la escuela tendría que trabajar para que supiera que la vida cuesta y que nada es de a gratis. 

Dice “quería darle una lección”, pero el muchacho al saberse con dinero y sin necesidad de pedirle a su madre, empezó a tener un mal sentido de independencia, adoptó el libertinaje y siendo un adolescente todavía, comenzó a beber. 

De nada servían los regaños y eternos pleitos que enfrentaban la viuda y su hijo, pues lo que le decía, “le entraba por una oreja y le salía por la otra”.

Tampoco servía de nada que lo encerrara, pues el muchacho tenía muchas vías de escape para huir de su casa y hasta una llave maestra consiguió para abrir las cerraduras. 

Era común que llegara ebrio o que se perdiera los fines de semana, tiempo en el que Zenaida envejecía 10 años por la preocupación de andarlo buscando. 

Para nadie era un secreto, que a ese joven le gustaba presumir más de lo que tenía y que era muy pendenciero y boca floja. 

El conflicto

A tal grado llegó, que un sábado por la madrugada, dicen sus amigos, se burló de quién no debía y habló de más. 

Entre varios hombres armados lo sacaron de la cantina, todos pensaron que solo tenía un destino seguro: la muerte. 

Poco faltó para ello, su cara quedó hinchada y en su cuerpo era todo un moretón.

Quienes lo encontraron fueron a dar aviso a su madre, quien afligida, lo recogió con un llanto interminable; como pudo lo sacó del pueblo y lo internó en un hospital de un estado cercano. 

En cuanto Pedro se recuperó, lo mandó a un estado lejano, con la encomienda de que nunca debía regresar a su pueblo. 

Hoy, ella y sus dos hijos menores lo visitan y orgullosa dice que el joven está madurando. 

O al menos eso espera, pues sabe que de repetir patrones, lo mismo que ocurrió en su estado de origen, puede ocurrirle en el lugar que actualmente radica. 

Agradece que el muchacho está vivo y siempre se culpa por haber permitido que la situación con su primogénito hubiera escalado a ese nivel, pero desde que la vida se lo regresó, prácticamente de la muerte, a diario reza a Dios para que acompañe a su hijo y tenga piedad y misericordia de su familia.