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El Día del Señor
La fe en Cristo resucitado y el compromiso de nuestro amor
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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08 de Abril del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Hoy es Domingo II de Pascua y la Iglesia vive con alegría fiel y llena de gratitud, el hecho señero de la Resurrección de Jesucristo.

Él es el autor y centro pleno de vida de la comunión eclesial de los creyentes en su evangelio como buena nueva de luz, fuerza, fraternidad y amor, que brotan de la Persona de Jesús, en su doble dimensión: divina, porque es el Hijo de Dios y también como hombre semejante a los hombres, sin el pecado que ha venido a redimir en todos y cada uno de los que arrepentidos, lo acepten  identificándose con su persona, su vida y su evangelio.

Todo esto a partir de la fe bautismal que nos descubre siempre, nuestra razón de existir más allá de las exigencias de la carne y de la sangre.

Nuestra fe, como don de Cristo muerto y resucitado, con sus exigencias testimoniales, en la vivencia y el compromiso de nuestro amor, en la medida de la fuerza y seguimiento de nuestra vocación cristiana, en la historia y más allá de ella cuando todos en, por y con Jesús, alcancemos la corona y el premio de la vida eterna en el cielo, comunión de resucitados con el mismo Jesús y todos sus santos.

La paz, el espíritu santo y la misión a la luz de Cristo resucitado

Estos aspectos que ahora vamos a considerar, están tomados del evangelio de este domingo, que nos relata dos apariciones de Jesús resucitado. Ambas en domingo, el día cultual: la primera en la tarde del mismo día de su resurrección, estando ausente el apóstol Tomás; y la segunda con Tomás presente, a los ocho días de la primera, razón que la Iglesia ha escogido este texto para hoy, ocho días después del domingo de la resurrección.

A.- la paz, Cristo la da a sus discípulos encerrados en una casa por miedo a los judíos. Estando cerradas las puertas, Jesús se hace presente con la luz y la energía de su vida resucitada. En medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

B.- La misión y la presencia del Espíritu Santo; de nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes”. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se lo perdonen, les  quedarán sin perdonar.

La confesión de fe de Tomás

Ocho días después, Tomás uno de los doce, a quien llamaban el Gemelo y que no estaba con los doce el primer domingo de la resurrección, ahora sí estaba con los demás discípulos, quienes le habían dado el testimonio de la aparición de Jesús, le decían llenos de convicción y alegría: “Hemos visto al Señor”. 

Pero él les contestó: “Si yo no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Fue entonces cuando Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.

Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado, y no sigas dudando, sino cree”. Entonces, Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; “¡DICHOSOS LOS QUE CREEN SIN HABER VISTO!”

Conclusión

Ahora nos toca a nosotros en este segundo domingo de Pascua, dar nuestro asentimiento de fe en la Resurrección de Jesucristo. 

Este hecho maravilloso no es constatable con los principios de la ciencia humana tan limitada, aunque cierta en muchas de sus constataciones, pero que no será capaz nunca de aceptar con el solo entendimiento humano y los datos de los sentidos, captar directamente el milagro de la Resurrección de Jesucristo, porque acontece en el plano de la fe, que también acepta los datos de la ciencia humana con todas sus limitaciones, pero con la actitud del apóstol Tomás en el plano trascendente y cierto de la fe que Cristo nos invita a profesar, como don suyo, exclamando nosotros plenamente convencidos: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Esta será la única manera de acceder a la bienaventuranza salvadora de Jesús para el tiempo histórico y la eternidad: “¡DICHOSOS LOS QUE CREEN SIN HABER VISTO!”. Ojalá que así sea en nuestras vidas, iluminadas y potenciadas con la Resurrección de Cristo, fuente perenne de nuestra propia resurrección de entre los muertos!”… ¡Aleluya, Aleluya!