×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



Crónicas de violencia
Desde el autoexilio
Lilith Rivera
~
28 de Marzo del 2018 05:00 hrs
×


Compartir



Liga Corta




Archivo / Sus pensamientos se concretan a una sola cuestión ¿algún día podré regresar?

Desde su autoexilio, don Mateo (a quien para resguardar su identidad hemos cambiado el nombre) recuerda su infancia y siente orgullo por lo que ha logrado, pero también una terrible confusión creada por la contradicción de que sea precisamente su constancia lo que le ha ocasionado que viva lejos de todo lo que construyó. 

Quienes lo conocen recuerdan que en su infancia la pobreza y la carencia eran sus fieles compañeras.

Los zapatos rotos y un par de pantalones y camisas eran todo lo que tenía para vestirse. Más de una vez a la semana se quedó sin probar bocado en todo el día, lo único que tenía era agua para beber que era sacada de un pozo que abastecía en 1965 al pequeño pueblo de donde es oriundo. 

Con esfuerzo, constancia, disciplina y mucha dedicación logró poner una mueblería, fue la primera en la región. 

Poco a poco, el dinero fue llegando a él y con su buena administración adquirió inmuebles y estableció más locales en los municipios circunvecinos.

Gracias al trabajo constante y ordenado; así como a su visión para los negocios, parecía que la vida le devolvía con creces lo que de niño tanto le había negado. 

Con alrededor de 10 mueblerías en distintos municipios del estado y varios inmuebles que rentaba, se hizo de un nombre entre la sociedad de su terruño y quien en alguna ocasión lo miró por debajo del hombro comenzó a dirigirse a él como don Mateo. 

Él, orgulloso se paseaba por las calles de su pueblo contemplando como la  vida de sus hijos era tan diferente a su propia infancia y siempre demostró lo feliz que era de que sus retoños no pasaran por la mismas penurias por las que él había atravesado; en la década de los 90 y los primeros años del nuevo milenio las cosas parecían mejorar. 

El inicio de la desgracia

Sin embargo, en diciembre del 2006, la guerra que el entonces presidente de la República, Felipe Calderón, le había declarado al narco cambiaría su vida de una manera radical en los años venideros, al igual que la de miles de mexicanos más. 

Don Mateo, era conocido como “el riquillo del pueblo” y esa fama nunca supo si le gustaba o disgustaba, pues siempre actuó con gran sencillez y humildad.

Pero como bien dice el dicho, la envidia sigue al mérito como la sombra al cuerpo, en el 2008, hombres armados llegaron a su oficina central para exigirle derecho de piso. 

Por años lo pagó, los sujetos que le exigían el recurso sabían de cada uno de sus establecimientos y propiedades, pero lo más peligroso era que sabían cada movimiento de su familia, debido a los detalles parecía que fueran miembros de ella. 

Ante el temor por lo que acontecía no solo en ese lejano municipio, sino en todo el país, don Mateo aceptó, sobre todo para proteger tanto la integridad de su familia, como la suya. 

Por años pagó, iban y venían hombres que exigían dinero a cambio de dejarlo tranquilo y de permitirle trabajar en un supuesto estado de calma.

La huida y la añoranza

Casi una década después las cosas cambiaron, pues uno a uno, los comerciantes de la región fueron privados de su libertad y ante el temor de ser el siguiente, don Mateo optó por huir. 

Desde otro país escucha y ve con tristeza las noticias que le llegan de México, pero sobre todo de su amado terruño. 

Sus hijos, jóvenes se adaptaron al nuevo estilo de vida, aunque extrañan a los amigos con los que salían a jugar en bicicleta y a los vecinos que formaron parte de su vida. 

Don Mateo nuevamente piensa y no se explica cómo es que gente tan ajena a él, a sus principios, se apoderó de su vida, de su tranquilidad, de la de sus hijos, y hasta gozó de los beneficios económicos, fruto de su esfuerzo y dedicación por más de cuarenta años. 

Se pregunta hasta cuándo podrá regresar a su patria chica y a caminar tranquilo por las calles y si sus hijos recuerdan cuando vivían tranquilos, sin miedo a salir a la calle. 

Luego, sus pensamientos se concretan a una sola cuestión ¿algún día podré regresar?