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El Día del Señor
La glorificación de Cristo y por él, nuestra gloria y salvación
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
18 de Marzo del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / A pocos días del triduo pacual.

Estamos ya, en la cumbre del tiempo cuaresmal, al celebrar en este quinto domingo de este tiempo, la glorificación de Jesucristo y su obra de salvación.

La lectura del evangelio de San Juan nos consigna las siguientes palabras de Jesús, previendo su pasión y muerte en cruz: “Ahora que tengo miedo, le voy a decir a mi Padre: ¿Padre líbrame de esta hora? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre.

Se oyó entonces una voz que decía: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.

En esta homilía, intentaré, con la gracia de Dios, explicar para entender y vivir en qué consiste la glorificación de Jesucristo y por él, como fuente irradiante, nuestra propia glorificación y con ello, nuestra salvación como fruto ubérrimo de la misma glorificación de Nuestro Señor Jesucristo, vida y resurrección nuestras, a lo cual el tiempo cuaresmal nos ha debido ya preparar.

Entremos pues, al núcleo doctrinal de esta homilía, como una gracia preciosa que de ninguna manera podríamos desaprovechar, con la acción luminosa y reconfortante del Espíritu Santo, que nos ayude eficazmente a cumplir la voluntad salvadora y glorificante del Padre eterno.

La gloria de Dios

En las enseñanzas del Antiguo Testamento y como manifestación primera de la revelación divina en orden a la revelación plena del Nuevo Testamento, se va configurando qué significa “la gloria de Dios”.

Tiene las siguientes connotaciones: peso de su ser en el orden de la existencia, su importancia, el respeto que inspira debido a su alta dignidad que brilla, por esto la gloria no indica tanto la fama entendida según los hombres, cuanto el valor real, estimado conforme a su peso.

Por esto que vamos indicando la gloria de Dios designa a Dios mismo, en cuanto se revela en su dignidad, majestad, poder; es la brillantez, el resplandor que esparce; es la belleza de su santidad como perfección absoluta que brilla sin sombras de limites; es la belleza total de su ser íntegro.

Brilla con su sabiduría, omnipotencia, omnisciencia, por esto es fuente de creación, orden y grados de perfección en los seres creados por él, de acuerdo al dinamismo que posee, como único Dios que da vida y fuerza a la creación y a la elevación de la misma en el orden de la gracia y hacia la comunión de toda la creación con él. Por todo esto, Dios es la pura gloria de su inteligencia, de su voluntad infinitamente libre y como coronamiento y esplendor de todo lo que es Dios en lo más íntimo y profundo de su ser: es el Amor infinito, absoluto y eterno, con el cual y por el cual, es adorado, amado y reverenciado en adoración constante y con la alegría de sus consuelos o consolación que esparce a todos los seres humanos hechos a su imagen y semejanza.

Seres humanos hechos a su imagen y semejanza.

Podríamos decir muchas cosas más acerca del misterio de Dios, pero creo que bastan estas referencias a Dios para el propósito de nuestra homilía.

La gloria de Dios en Cristo y por él en los hombres y en el universo.

Ahora vamos a hablar de la gloria de Cristo. Siendo él la segunda persona divina de la santa trinidad, comparte desde la unidad del ser divino todo lo que es del Padre con el sello del amor del Espíritu Santo. Toda la gloria del Padre está presente en la persona de su Hijo compartiéndola también con la persona del Espíritu Santo.

Es una gloria trinitaria y a la vez una y única. Cristo por ser persona divina posee toda la gloria de Dios.

Siendo el Hijo de Dios, es “el resplandor de su gloria y la imagen de su substancia” (Heb. 1, 3).

La gloria de Dios está sobre su rostro; de él irradia a los hombres. Es el Señor de la gloria. Su gloria la contemplaba ya el profeta Isaías y de él hablaba.

Con toda razón la gloria de Jesús como Hijo del Padre es una de las líneas de la revelación de su divinidad.

Por otra parte, el Hijo de Dios al encarnarse en el seno de María Virgen por obra y gracia del Espíritu Santo y por voluntad del Padre, la divinidad inhabita corporalmente en él.

La humanidad de Jesús asumida con toda su integridad, ya que es en todo semejante a nosotros, menos en el pecado y en orden a nuestra redención y salvación.

La encarnación de Jesús recibe todo el ser de la gloria divina y por esto mismo se fuente inagotable de amor, misericordia y perdón.

La pascua de Jesús o sea el paso por este mundo para redimirnos del pecado y la muerte eterna, se despliega en su acción al realizar los milagros que avalaron su evangelio, su predicación, su pasión, su muerte y desde luego con su gloriosa y brillante resurrección: primero en su bautismo, después en la transfiguración en el monte Tabor.

Su muerte, ha sido el paso definitivo y luminosísimo de su gloriosa resurrección de entre los muertos.

Primicia radiante de la resurrección que ahora comparte con todos los hombres que crean en él y guarden sus mandamientos sintetizados en el amor a Dios y a nuestros prójimos, recorriendo con él, camino, verdad y vida su tránsito pascual desde este mundo y alcanzando con fe viva, esperanza cierta y firme en la plenitud del amor a Dios y a nuestros hermanos.

Y el universo entero, asociado a la suerte gloriosa de Cristo y sus seguidores fieles, muestra la gloria divina del Hijo de Dios hecho hombre. Por esto, la belleza, el orden y la perfección de la obra creadora de Dios Padre, por el Hijo hecho hombre y con el poder del Espíritu Santo, es revelación de la gloria divina plasmada en el universo creado y rescatado por Jesucristo glorioso y resucitado, más allá del pecado y de la muerte.

Conclusión

Reconozco que esta homilía es muy doctrinal, pero es conveniente haberla ideado de esta manera, para que al terminar la cuaresma estemos llenos de luz, paz, alegría y gratitud.

Con nuestra conversión y con la gracia que Jesucristo nos da abundantemente, habremos de manifestarnos gloriosos con nuestras buenas obras que brotan precisamente de nuestra glorificación al celebrar con alegría sin fin y gratitud nuestra, la Gloriosa Pascua de Resurrección con Jesucristo, esperanza luminosa para alcanzar desde este mundo la luz inapagable de la vida eterna.

                  Obispo emérito de Zacatecas