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El Día del Señor
Jesús transfigurado, se hace signo y prenda por medio de su pasión
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
25 de Febrero del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / segundo domingo de cuaresma es excelente tiempo para la reflexión.

Estamos avanzando en el tiempo de la cuaresma del presente año 2018, preparándonos para celebrar dignamente y con fruto, la gran solemnidad de la resurrección de Cristo, como meta y centro irradiante de nuestro cristianismo. 

Las lecturas de este segundo domingo de la cuaresma, nos iluminan y revelan, lo que aconteció, en las alturas del monte Tabor.

En el evangelio de Marcos 9, 2-10, encontramos a Pedro, Santiago y Juan, atónitos y asustados por lo que ven y experimentan: Jesús envuelto en una luz resplandeciente y con Él, a Elías y Moisés, representantes de la profecía y la ley. Pedro, embelesado, dice: “¡Qué a gusto estamos aquí!”(v. 5).

Y entonces, una nube los cubre, para que concentren su atención en la voz divina que les dice con toda claridad y fuerza: “Este es mi Hijo amado: ESCÚCHENLO”.

Escuchar a Jesús en el tiempo y para la eternidad

Aquí voy a anotar algunos contenidos doctrinales del divino Maestro a quien siempre con fe firme debemos escuchar para salvarnos; para poder alcanzar la vida eterna que Él nos promete y nos ha conquistado con la entrega de su vida divina y humana.

Se define como el Hijo de Dios igual en su único ser consubstancial al Padre y unidos por el amor del Espíritu Santo. Es también el Hijo del hombre al haberse encarnado por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno maternal de la Virgen María.

Nos dice que Él es: “camino, verdad y vida” y que nadie va al Padre sino únicamente por su mediación perfecta. Que sin su mediación nadie puede salvarse.

Afirma que el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras jamás, porque son palabras de vida eterna. Y que si no creemos en sus palabras seremos condenados y apartados de Dios para siempre.

Con los sacramentos, verdaderos signos de salvación, nos revela ser incorporados al misterio de su pascua como paso de esta vida a la eterna; por medio de estos signos a partir del bautismo, nos configuramos con Él, muriendo al pecado y con resucitando con Él, para ir a gozar por toda la eternidad en la alegría y gozo del cielo, que es la casa de Dios uno y trino.

Nos hace saber, que no sólo con decir: “¡Señor!¡Señor!”, nos salvaremos, sino cumpliendo la voluntad de su Padre y por eso nos enseñó a orar afirmando: “¡Hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra!”, y por esto mismo nos ha dicho y nos ha dado ejemplo, que su manjar ha sido siempre, cumplir en todo momento esa voluntad.

Nos ha comunicado, que no ha venido a abolir la ley de Moisés y la enseñanza de los profetas; que ha venido a darles plenitud. Y que esta plenitud consiste en el amor a Dios por encima de todas las cosas y amando también a nuestros semejantes como a nosotros mismos y hermanos e hijos de un mismo Padre.

A la luz de su evangelio nos descubre que somos los peregrinos que vamos hacia el cielo, que el don de la fe, nos ilumina no tener nuestro destino definitivo aquí en la tierra sino en el cielo.

Nos consuela siempre y refuerza nuestra esperanza para trascender las pruebas, las tentaciones, las penas, enfermedades, ayudándonos para que tengamos una buena muerte, unida a la suya.
Nos invita y nos llama a tomar cada uno, la cruz: “Si alguno quiere venir en pos de mí, cargue su cruz y sígame”.

Todo lo que aquí recordamos del evangelio de Jesús, de ninguna manera agota su contenido. Para toda la vida habremos de ir penetrando sus enseñanzas asimilándolas cada día, porque subraya que a cada día le basta su propio proyecto y afán de vivir, hasta conquistar la vida eterna en el paraíso.

Conclusión

Supliquemos al Señor rendidamente: “Concédenos ir a tu encuentro en la montaña de nuestro Tabor, como aquellos primeros discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Que escuchemos y pongamos en práctica tu Palabra y caminar.


Cargando nuestra cruz con la tuya; caminando contigo en la llanura cotidiana de nuestras vidas, confortadas con la luz bella y radiante de tu transfiguración, seguros y serenos hasta alcanzar el infinito gozo de tu resurrección, más allá de esta vida, que para nosotros será entonces también nuestra transfiguración en las playas de la eternidad celeste”.