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El Día del Señor
Nuestra comunión con Cristo, por la fe madura, con las luces y sombras de nuestra condición humana
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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04 de Febrero del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / la fe nos incorpora, en las diversas etapas de la vida, a la vida de Jesucristo.

Hoy, el tema de nuestra reflexión homilética, es la necesidad de tener una fe adulta que debe crecer desde nuestro bautismo y a lo largo de nuestra existencia en la tierra viviendo con las luces y sombras de nuestra condición humana.

Nuestra fe nos abre a participar como vocación hacia la madurez, espiritual y corporal. 

La fe es un don de Dios maravilloso, que nos va incorporando en las diversas etapas de la vida, a la vida de Jesucristo, señor y salvador en la historia de nuestra salvación, individual y comunitaria. 

Esta fe, es luz para el alma que nos va desvelando nuestra inserción en el plan de Dios. Es antorcha encendida por el camino de nuestro peregrinaje, ante las pruebas, inquietudes, y alcanzar poco a poco, la madurez de una vida profunda y auténticamente cristiana. 

Es la fuerza que Dios Padre nos da a cada paso de nuestro vivir en esta tierra, con las penas, sufrimientos y retos positivos y negativos que brinda nuestra vida con sus luces de gracia divina y al mismo tiempo con sombras de pecado y conversión para entender el evangelio de Jesucristo, y conquistar con la gracia y energía del Espíritu Santo, las promesas divinas que tienen su cumplimiento.

Ahora, por la luz de nuestra fe hasta que esta se consume, cuando lleguemos a la patria eterna, ya sin sombras de muerte y con el gozo eterno de amor y comunión en el cielo en la casa de nuestro Dios de quien viene todo don y dádiva perfecta.

Tres sectores de una fe adulta
Cuando vamos creciendo en nuestra vida de acuerdo a lo que Dios disponga, nuestra fe debe crecer, desde la etapa de la infancia y de la adolescencia hasta conseguir la madurez de la edad adulta. 

Desde luego, no cambia el ser y el contenido de nuestra fe, sino que va creciendo en profundidad, actualizándose las motivaciones religiosas.

La fe presenta muchos aspectos que podemos llamar “sectores”, pero podemos apuntar tres en el paso y desarrollo de la infancia y la juventud y luego en la edad adulta y la ancianidad experimentando un cambio ascendente: 1) La imagen de Dios que se va adquiriendo.2) La formación de la conciencia moral. 3) La actitud ante la Iglesia.

1º. La imagen de Dios que se va adquiriendo, principio de nuestra fe, en ella predomina lo imaginativo. Pero esta fe imaginativa debe dar paso a la persona de Jesucristo, tal y como aparece en los evangelios, pues Él es en carne humana la imagen de Dios y la prueba suprema del amor de Dios a todos y cada uno de los hombres de generación en generación.

Es la fe madura en Jesús de Nazaret que no se queda fija en el portal de Belén, es decir en el misterio de su encarnación, sino que comprende también su misterio  pascual de muerte y resurrección, manifestándose  su fuerte y rica personalidad de liberador del hombre del pecado y de la muerte eterna.

2º.  Luego, es deber imperioso de todos los cristianos, formar y educar a los niños y jóvenes para la madurez de conciencia. Esta sagrada tarea educativa es deber de padres, maestros, catequistas. 

Es la trasmisión de la fe desde el seno familiar con la colaboración muy estrecha de maestros y educadores en las escuelas y hasta la universidad, cuando es posible. 

Es ir forjando a la persona humana en su capacidad de responsabilidad individual e intransferible para ser capaces de crecer y servir en la comunidad familiar, social y cultural.

Ser discípulos y misioneros de Jesús para salvar a los hombres “en y por la Iglesia” maestra y fuente de la fe como don de Jesús a los que Él tanto ama e ilumina con su revelación en el tiempo y para la eternidad.

3º.  Finalmente, respecto a la misma Iglesia fundada por Cristo, es hacerse responsablemente fuertes y definitivamente unidos a ella, formando parte activa y comprometida para asumir nuestra vocación de discípulos, testigos y misioneros del evangelio en la tierra y para todos y cada uno de los pueblos y naciones, hasta que se complete el número de los elegidos y Dios sea todo en todas las cosas del cielo y de la tierra. 

Esta fe consiente y madura, es la que ha brillado en las almas de todos los mártires que ofrendaron sus vidas, hasta la efusión de su sangre, para dar testimonio de su fe, como Buena Nueva del Reino de Dios en el tiempo y más allá de la historia temporal y terrena.

Conclusión
Podemos concluir nuestra homilía, recordando y haciendo vida, que es deber nuestro y de cada cristiano, adquirir y desarrollar con el paso de los años y durante todo el tiempo que Dios nos deje vivir en esta tierra, la fe que mueve montañas; la fe patrimonio de nuestros mayores, la que habla para que nuestros semejantes consigan la madurez de hombres y mujeres cristianos que nunca se avergüencen de profesarla.

La fe del amor, de la esperanza, del consuelo, del  gozo divino, la comunión, la fraternidad y el servicio a Dios y a todos nosotros, sus hijos peregrinos por este mundo, en pos del cielo prometido, atestiguado  por el compromiso y desarrollo de la fe brillante e inapagable desde esta tierra que nos ve nacer, luchar, reír, sufrir y combatir el mal con el bien trascendente.

Que nuestro amor a Dios y a nuestros hermanos se nos ha dado hasta la muerte y cuando al morir la fe, estemos contemplando la presencia de Dios altísimo y en compañía de los ángeles y bienaventurados en el cielo.


Obispo emérito de Zacatecas