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El Día del Señor
Cristo alaba a su Padre, porque ha revelado los misterios del reino a la gente sencilla y humilde
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
09 de Julio del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / Jesús es la esperanza cierta de nuestra gloria e integridad del alma y cuerpo.

Hermanos: En este domingo los invito a que abramos nuestras mentes y nuestros corazones, para captar con alegría y gratitud, la oración de Jesús a su Padre para darle gracias y alabar su nombre, porque ha revelado las maravillas de su Reino a los pobres, sencillos y humildes que están dispuestos a escuchar su mensaje de salvación y ponerlo en práctica, cumpliendo así la voluntad del Padre eterno, quien por su Hijo encarnado nos revela la hondura del misterio divino con la sabiduría y plenitud de gracia y amor del Espíritu Santo.

Dispongámonos pues, para que al implorar en este domingo, los dones de Dios, seamos generosos y comprometidos para cumplir las exigencias de nuestra vocación cristiana en el estado de vida que cada uno tiene, pidiendo al Señor purifique nuestras almas de toda mancha de pecado y poder alcanzar  la paz, la fraternidad y la alegría de ser verdaderamente cristianos con la coherencia de pensamientos, palabras y obras de acuerdo al evangelio que hoy contemplamos.

Esto nos ayudará para iniciar una semana más en nuestra existencia bajo la mirada y con el impulso del  amor de Dios.

La oración de Jesús como himno de gozo,
alabanza y gratitud a su padre del cielo

Esta oración nos la trasmite el evangelista San Mateo en el texto evangélico de este domingo: “En aquel tiempo, Jesús exclamó: ¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así  te  ha parecido bien”.

Jesús, se refiere al hablar con su Padre, a la manifestación gratuita del misterio de la intimidad divina que los hombres por sí solos nunca podríamos desvelar, conocer y alcanzar.

Dios en su ser nos trasciende y desborda con relación a nuestra pequeñez de  criaturas, sin embargo, el Padre de los cielos ha puesto su mirada en su Hijo hecho hombre para que Él, lleno del Espíritu Santo, nos trasmitiese esta intimidad de Dios, teniendo muy en cuenta lo que también conocemos de la Sagradas Escrituras, cuando sabemos “que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios tiene reservado para quienes  lo aman”.

Y aquí es donde podemos penetrar con el favor divino lo que Jesús expresa en su admirable y arcana revelación: “El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

La invitación de Jesús a todos y cada uno de nosotros de generación en generación hasta nuestros días y hacia el futuro

Esta invitación es insospechada y está llena de amor, misericordia, participación, comprensión y perdón: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio.
Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

¿Quien, en este “valle de lágrimas”, como rezamos con la oración de “La Salve María”, podrá estar exento de penas, dolores, enfermedades, tribulaciones y sufrimientos y como coronamiento a nuestra presencia y desarrollo de nuestras vidas en esta tierra, experimentar sin acepción de personas y como seres limitados y caducos, el misterio ineludible de la muerte?

Por esto, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre nos comprende, nos alienta, nos da su fortaleza y consuelo, con la paz y el gozo en la esperanza de nuestra feliz resurrección.

Jesús, es la esperanza cierta de nuestra gloria e integridad de alma y cuerpo, que con Él podremos alcanzar para el tiempo histórico que pasa y para la eternidad gozosa del paraíso, que nos ha conquistado con su sacrificio en la cruz muriendo en el desarrollo de la plenitud de su amor por todos los hombres redimidos  con el derramamiento abundante de su preciosa sangre.

Conclusión exhortativa

Jesús nos invita a tomar el yugo suave de su cruz. Nos hace participar de su entrega al Padre con la efusión del Espíritu Santo y con la urgencia del amor a Dios y a nuestros semejantes. Más allá de los odios, las guerras, los crímenes, y todas las maldades que la humanidad experimenta con dolor y amargura en nuestro tránsito por el mundo.

Estemos seguros de que Dios es siempre fiel a sus palabras, y lleno de bondad en sus acciones. Da su apoyo el Señor al que tropieza y al agobiado alivia.

Terminemos nuestra homilía diciendo al Padre eterno con Cristo: “¡Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad, ahora y para siempre con el amor, la esperanza y la fe de nuestras almas!”.

*Obispo emérito de Zacatecas