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Andanzas
La petaquilla de la abuela
Ricardo González
~
25 de Enero del 2017 14:33 hrs
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Liga Corta




Siempre he creído que la petaquilla de mi abuela es un lugar mágico, de ella salen los más los más raros y misteriosos objetos. ¿Qué es una petaquilla? –Se preguntarán-, es un cajón de madera que la gente de antes usaba como guardarropa.

En el de la abuela había fotografías, reliquias familiares, la cuchara con la que desayunó el Obispo de la Mora, ropa para el frio, el vestido de bodas de la abuela, olía siempre a viejo, a encerrado.

Siempre he dicho que mi pueblo es como una gran petaquilla, el cielo hace de tapa que en la noche se cierra con sus millones de estrellas y al día se abre para que Dios pueda ver las cosas que ahí tiene guardadas.

El suelo de mi pueblo es como una gran cobija arrugada, un río de seda verdosa lo recorre de norte a sur, serpentea por sus secos pliegues hasta huir a lo lejos del horizonte.

El clima hace pensar que la petaquilla permanece cerrada casi siempre, no más refresca un poco al amanecer y un par de semanas en diciembre.

San Jorge de Tlamín, fue fundado como pueblo de paso entre la zona minera de las altas montañas y la ciudad capital por un grupo de arrieros vascos.

Tlamín para los “cuates”, era un lugar idóneo para la bebida, algunos tertulianos –por decirnos bonito a los borrachos del pueblo- frecuentábamos la esquina de don Remigio, que se mantenía desocupada durante el año.

Cada nopal, cada huizache, cada animal, cada señor y señora del pueblo teníamos una función, nosotros trabajamos nos ganamos el trago de cerveza y la vida.

Don Remigio tenía una gran tienda, siempre que necesitaba cargar o descargar los camiones nos mandaba llamar, por eso siempre nos dejaba estar en su esquina sin molestarnos.

A veces cuando la cantadera se ponía muy fuerte salía y nos decía “muchachos, no la muelen, mejor chiflenlas”.

Su tienda era la más grande de la región venían de pueblos vecinos a vender y comprar, el colectaba lo que la tierra producía y lo mandaba a la capital, de allá traía los enceres que acá vendía.

Los frutos que llevaba variaban por las temporadas, frijol, maíz, cacahuate; también le comparaba cantaros a don Rodrigo.

De la ciudad traía telas, productos enlatados, hilos, radios, planchas, cremas, ungüentos, balas, chocolates, llantas de bicicleta.

El pueblo estaba resguardado por altos cerros, formando el mentado cañón, aunque de eso no le veo forma, más bien como de una tinaja muy honda.

El calor, el sol y el viento cálido eran las principales características de Tlamín, sus costumbres y tradiciones olían a petaquilla.

El día era un eterno trascurrir hasta la noche: la tapa se cerraba.