Sunday 22 de January de 2017

Mi delito... ser de barrio

Ivonne Nava García      21 Jan 2017 17:13:18

Víctima y victimario. Una historia cargada de sufrimiento tanto para el protagonista como para sus seres queridos. Su historia comienza a los 13 años y 20 años después concluye con una sentencia de 24 años por homicidio. 20 años de borracheras constantes. Días completos de ingerir solo alcohol y estar con los “compas” del barrio, “tirando paro”. Hasta que un aparente accidente cambió su vida y la de su familia.
 
El inicio
Tenía 13 años. Me acuerdo bien porque estaba en la secundaria. Comencé fumando. Nos escapábamos y nos íbamos a las vías, en ese entonces todavía había tren de pasajeros y en las vías había mucho movimiento. Nos sentábamos en la sombra que hacían los vagones y le entrábamos a los cigarros Alas de papel arroz.

Poco a poco ya no se nos hacía chido nomás fumar. Ahí conocimos a muchos cuates que andaban de trampas en los trenes, gente ya con maña de andar en la calle.
 
La primera vez
Con esos trampas llegó una morrita. Estaba rebuena la condenada y uno adolescente pues que se alborota la hormona. Nos dijo que si queríamos sexo con ella que le lleváramos para pistear. Nos movimos y en la Fernando Villalpando (en esa época se llamaba Galeana) conseguimos un vino corriente, se me hace que era ron. Compramos unas sodas y nos regresamos a la estación.

Ahí seguía la morrita. Le dimos su encargo y dijo que hiciéramos una fiesta. Todos le entramos al vino y a mí me gustó mucho. La morrita sí nos cumplió a todos; ni me acuerdo bien cómo estuvo. Esa semana así nos la pasamos consiguiendo vino para las fiestas.

Luego empecé a no poder orinar, me dolía muchísimo; se me vino la fiebre y estaba muy mal: a los cuatro nos contagió gonorrea y nos inició en el vicio del alcohol.

La escalada
Me atendieron de la enfermedad, pero el vicio de alcohol ya estaba sembrado en mi sistema. Sabía que no lo podría dejar. Seguí pisteando a escondidas. Así se fueron dos años.

Me la pasaba pedo y mis jefes ni se enteraban. Se dieron cuenta un día que no llegaba de la escuela. Ese día conocimos a una señora que nos invitó a su casa; nos dio whiskey. Me perdí por completo, no sabía de mí y no me acuerdo cómo llegue a la casa.

Mis jefes dijeron que me llevaron orinado y que estaba sucio de excremento. Para ese tiempo yo pisteaba todos los días y mis jefes apenas se estaban enterando.
 
Malas compañías
Me empecé a juntar con unos compas del barrio, eran más grandes que yo. Estos se decían cholos y me sentí bien con ellos.

Me salí de la escuela porque mis jefes dijeron que no iban a mantener viciosos y que me pusiera a trabajar.

Uno de mis compas trabajaba en la obra, pero los otros no. Yo no sabía nada de la obra y no la hice; no servía para eso.

Yo decía que me iba a trabajar, pero me iba al barrio: nos parábamos en una esquina y nos agarrábamos a la plática y a pistear Sureño, porque no había lana para otro pisto, era lo más bara. Eso era desde la una del día hasta entrada la madrugada.


El primer delito
Como ninguno trabajábamos acordamos robar una casa para sacar feria. Fue la primera vez que yo lo hacía; estos, ya tenían ratillo en eso, ya le sabían la maña.

A mí me dejaron “cuidando” afuera; tenía que chiflarles si se veía la chota. No hubo contratiempos y mis compas tuvieron suerte porque encontraron dinero. Se repartieron el dinero y a mí me dijeron que solo me iban a dar pa’ los chescos. Eso no me gusto y les dije que pa’ la otra yo quería meterme para que me tocara más feria.

Los trabajos los hacíamos los fines de semana, viernes o sábado, por la mañana cuando las gentes se iban a sus trabajos.

Era fácil vender las cosas, los mismos “judas” nos compraban lo robado o nos pedían una cuota para dejarnos “trabajar”.
 
Los barrios
Fuimos haciéndonos más, ya éramos ocho, y el barrio era nuestro. Por ahí no podían pasar sin que les marcáramos el barrio. Había que defender el barrio, el territorio. Nos agarramos con los de Las Palmas, con los de la Lázaro y de La Minera.

En esa bronca con los de La Minera me dejaron la cara marcada. Me la rajaron con un filero. Andaba bien pedo, no me di cuenta hasta el día siguiente que mis jefes me vieron en la cama manchada de sangre.

No se iba a quedar así. La siguiente semana fuimos a buscarlo. Le apedreamos la casa, le rompimos todos los vidrios y hasta a su mamá le tocaron unas pedradas. Nos volvimos a agarrar con piedras, palos o lo que fuera; en ese entonces no se usaban pistolas, le estoy hablando de hace unos 20 años.
 
Cambio de ciudad
De ahí en adelante fueron cada vez más problemas. Nos fuimos a vivir a Fresnillo porque mi jefe consiguió un trabajo en la mina y pensaron que alejándome de esas amistades estaría mejor.

En el barrio que llegamos me hice de unos compas cholos. Allá en el barrio no entraban ni las patrullas porque se las volteábamos y se las quemábamos. Caí unas veces en el bote, siempre fue por las broncas.

En este ambiente las broncas no se olvidan y aquel que le apedreamos su casa y a su madre, no se quedó conforme. Me encontró en Fresnillo; yo no me iba a quedar así. Nos agarramos y mis compas de allá me hicieron el paro. Ya lo teníamos privado en el suelo y  estaba por dejarle caer un block en la cabeza para rematarlo, pero mis compas me detuvieron, me gritaron que no lo hiciera y salí bien librado de eso. Me denunció por lesiones, pero pudo estar muerto.

Vida de pareja
Uno se va haciendo de fama. Me buscaban para que les hiciera paros. Ya me daban para el vino y con eso la iba pasando.

Conocí a la hermana de un bato que me pidió un paro. Me gustó la morra. Este bato se fue para la frontera y allá duró unos años. La anduve cortejando y si se me hizo. Me la lleve a vivir conmigo, ahí a la casa de mis papás. No nos casamos porque yo no creo en las ataduras con papeles.

Tuvimos dos hijos. Ella trabajó como empleada de mostrador y luego en una pizzería. Para mí estaba muy difícil conseguir trabajo: me levantaba muy tarde porque me quedaba de madrugada con los amigos pisteando.

Teníamos muchos problemas; ella me reclamaba que no trabajaba. Le batallamos mucho, pero como sea nos fuimos entendiendo. A veces vivíamos con mis jefes; otras, con sus papás.
 
Homicida
La última vez que vivimos en la casa de sus papás su hermano regresó de la frontera; él no sabía que ella se había juntado conmigo y eso no le gustó. Tuvimos muchos problemas; problemas muy fuertes. Yo, adicto al alcohol y él, adicto a la cocaína; no fue una combinación muy buena.

Los problemas eran porque yo no trabajaba; de mantenido no me bajaba. Un día de partido de futbol estuve echando cheves con los compas y llegué bien pedo a la casa. Ya estaba amaneciendo y mi vieja siempre me salía a abrir porque nunca me dieron llave. Esa vez el que salió a abrirme fue mi cuñado; se enojó un buen: me empezó a agredir y a insultar, decía que era un vividor, que ahí no servía para nada, que ni siquiera mantenía a mis hijos. Me calentó porque me corrió y él no era quién para correrme de la casa. Me empezó a aventar de las escaleras yo no quería responderle porque estaba en la casa de mis suegros y ahí estaban mis hijos. Le dije que mejor nos saliéramos, que afuera arregláramos las diferencias.

No me hacía caso y seguía buscándole; le decía que se calmara, pero de alguna manera perdió el equilibrio y se cayó de espaldas de la escalera. Le hablaron a la ambulancia, pero no se pudo hacer nada: estaba muerto, se había desnucado.

Cuando estábamos peleando sus jefes nos oyeron y se levantaron, nos decían que nos calmáramos; ellos se dieron cuenta de todo, pero dijeron que yo lo había aventado. Yo no lo maté, pero no pude defenderme ni demostrarlo.

Me echaron 24 años de cárcel. Espero salir con 10 años o menos. Aquí, por lo pronto, estoy aprendiendo muchas cosas: terminé la secundaria y voy por la prepa. Aprendí carpintería y, cuando salga, de eso voy a vivir.

Mi mujer me trae a los niños; ella sí creyó en mí. Eso me alienta y me da esperanza para ser mejor.







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Ivonne Nava García
Nacida en la capital, estudió Psicología en la Universidad Autónoma de Zacatecas y una especialidad en Psicología Jurídica. Su espíritu de buscar siempre la justicia la llevó a escribir las historias de las víctimas para reflexionar sobre el sentido humano de los casos en los que se administra (o no) la justicia.
azul.iv@hotmail.com
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