Sunday 26 de February de 2017

Las llaves en la cafetera

Antonio Sánchez González      24 Feb 2017 00:40:43

Viven entre nosotros, beben café, miran la televisión, sonríen en días soleados. Muchos todavía conducen sus autos, empujan carritos del supermercado, y se toman una cerveza cada fin de semana. Son nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos y son a veces la gente que queremos. Y algún día, si no lo hemos hecho ya, podemos unirnos a su grupo. Pero, aunque muchos de los cerca de millón y medio de personas con demencia en México se ven, sus voces rara vez se escuchan. Sus cartas -sus vidas- están marcadas y están destinadas a un destino que preferimos no voltear a ver.
 
Algo tiene que cambiar rápidamente en nuestras comunidades con una de cada tres personas mayores de 65 años muriendo de demencia y considerando que el número de enfermos llegará a más de 3 millones en 2025.
 
La exigencia urgente de convertirnos en una sociedad alfabetizada acerca de la demencia debe ser abordada inmediatamente. Hace meses, durante la última conversación que tuve con mi maestro de medicina recientemente fallecido, con sus más de ochenta años me confió que dejó de ver pacientes porque notaba que le estaba fallando la memoria, y me preguntó qué pensaba que cabría esperar cuando uno recibía un diagnóstico de demencia. Su conversación estaba estimulada por el recuerdo de la lucha de un amigo común, también mayor, también con demencia, a quien recordaba emocionado. Su voz era como una revelación: un poco más lenta, pero todavía grandiosa, llena de ingenio. Era como el rechazó tácito e inmediato de cualquier noción de que su diagnóstico de Alzheimer - revelado apenas meses antes, pudiera borrar a la persona que solía ser.
 
Mientras hablaba con su voz tranquila y amable de siempre, repetía la misma pregunta dos veces en poco tiempo o buscaba, en donde una vez habían estado, los ingredientes de nuestras conversaciones previas, apurándose para ocultar las señas de un trastorno del que conocía de sobra. Necesitaba pruebas de que conocía su situación.
 
A pesar de los cambios en su memoria, conociendo lo que ocurría, buscaba una sensación de utilidad en la relación con muy jóvenes estudiantes de medicina. En el pasado, los pacientes de demencia eminentes como John Douglas French, Margaret Thatcher o Ronald Reagan, han tendido a ocultarse de la vista del público, asumiendo que este tipo de desaparición es mejor para todos los interesados. Como si así pudieran desvanecerse en paz.
 
Las personas con demencia no desaparecen de la noche a la mañana y en secreto. No comienzan inmediatamente a balbucear, forcejeando con su ropa interior o poniendo sus llaves en la cafetera. Muchos de ellos, como mi maestro, tendrán una parte importante de sus vidas para vivir después del diagnóstico. Les condena la renuencia colectiva a admitir la magnitud de nuestro problema. En parte debido al estigma.
 
Hay mucho tiempo antes de la doble incontinencia, de los gritos y la confusión. Mucho antes de que la dolencia se vuelva obvia al mirar hacia atrás. Mucho antes de que lastime pensar que hubo una lucha dolorosa con el afán de ocultarlo.
 
Necesitamos construir comunidades amigables con la demencia, por ejemplo, ha entrenado a gerentes de bancos, conductores de autobuses y profesores para reconocer sus signos, para que sepan cómo acercarse a los enfermos y no aislarlos; llevando a las personas con demencia a las escuelas para que los niños aprendan a entender la condición.
 
Lo más importante es prevenir el aislamiento. Pero es probable que la mayoría de la gente llegue a agradecerlo.







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Antonio Sánchez González
Médico Internista
antonio.sanchez@integragrupomedico.org.mx
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